El caballero del vitral

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El caballero del vitral es uno de los cuentos para reflexionar de la colección cuentos cortos del escrutor Rodolfo Nario para adolescentes, jóvenes y adultos.

Marianne había perfeccionado desde su niñez y bajo la exigente enseñanza de su padre, una excepcional habilidad artesanal que se plasmaba en el tallado y montaje de las joyas que daban brillo a sus obras.

Su habilidad le permitía discernir la conveniencia de los diseños, que mejor acompasaban la personalidad y presencia física de los clientes que requerían sus servicios. Y que con el paso del tiempo llegaron a confiar plenamente en su criterio y a admirar su creatividad sin límites.

Ese día su cabeza de llameantes cabellos de génesis irlandés, reflejaba con rojizo resplandor los rayos solares que se colaban por el espléndido vitral que era su orgullo. En él había volcado todos los conocimientos artísticos adquiridos, ostentando radiantes tallos decorados en oro coronados de coloridas flores, que nacían en las raíces de un espléndido árbol… sobre el cual se apoyaba indolentemente un caballero medieval de expresivo rostro y oscura armadura.

El sol atravesaba los colores de la ventana, incrustándose en el corazón de las piedras y metales preciosos de su mesa de trabajo; danzando en los rítmicos movimientos de los dedos de Marianne e iluminando con tornasolado juego todos los rincones de la habitación, descomponiéndose finalmente al reflejarse en sus perladas gotas de transpiración.

Su rostro pese a la perfección de su tarea no mostraba satisfacción y su mente vagaba muy lejos del taller, mientras cantaba suavemente con voz suave y apagada. Soñaba con otras voces de tono perfecto y con mujeres de belleza singular, semejantes a la que lanzó al mar mil naves de guerra sobre la antigua Troya.

Proseguía trabajando en forma automática, y su cabeza inclinada mostraba la singularidad de las innumerables pecas que cubrían un rostro poco atractivo y carente de la sensualidad que atrae a los hombres, aún en mujeres que no se destacan por su belleza. Pese a ser apreciada por cuantos la conocían y poseyendo además la virtuosa capacidad que hacía destacar sus creaciones por sobre todos los otros orfebres, sentía que la inquietud e insatisfacción la dominaban; impidiéndole gozar de momentos que habrían sido considerados hermosos por la mayoría de los seres humanos.

A la noche, cuando el negro ropaje nocturno comenzaba a cubrir la ciudad y roncas luminosidades de la vecina tormenta alternaban con estruendos, Marianne levantó la vista hacia el vitral… y ante sus asombrados ojos, el caballero despegando su mano enguantada del tronco del árbol, descendió apoyando sus metálicas piernas en el piso del atelier y expresó con sonoridad y gentileza:

“Mi señora, tú me has creado y quiero complacerte, puedo cambiar la melancolía de tu ser y la mediocridad de tu vida. Te ofrezco el trinar de la calandria y la belleza de Helena… pidiéndote a cambio todas las herramientas de tu taller y tu habilidad de orfebre”.

Asustada e incrédula Marianne respondió, susurrando con respeto:

“Mis herramientas y habilidad no son valiosas para quien cabalga sobre el rayo; pero aunque considero que el trato es injusto con usted, acepto su propuesta, pues de esa forma se harán realidad todas las utopías que nacen de mis sueños”.

El caballero asintió inclinando la cabeza, y guardando en su morral las valiosas herramientas regresó al vitral, convirtiéndose nuevamente en colorido vidrio e integrándose a la delicada pintura.

Marianne cayó en un pesado sopor, que duró hasta que la penumbra se evaporó en la claridad de un nuevo día y cuando sus ojos se abrieron a la luz solar, se encontró envuelta en una fuerte sensación de irrealidad. Giró su cuerpo, enfrentando el gran espejo donde presentaba a sus clientes engalanados con sus creaciones y pudo observar reflejada en el cristal a una bellísima mujer desconocida, cuyos rasgos eran la materialización de todas las odas escritas por los poetas a la hermosura femenina. Solamente reconoció, enmarcando un rostro perfecto, la rojiza cabellera que siempre había sido su orgullo.

Muy pronto todos supieron, de boca de quienes pudieron admirar su perfección, que había llegada una forastera cuya belleza opacaba la luz de las estrellas. Fue invitada a todos los salones, donde la sociedad recibía a quienes por sus dotes particulares o fortuna consideraba merecedores de ello. La admiración y adulación de los hombres y la silenciosa envidia de las mujeres, hicieron que ser sintiera recorrida por sentimientos desconocidos hasta entonces, y llegó a comprobar que solamente con el arma de su sonrisa podía derretir corazones y encender llamas de despecho… en síntesis conoció la soberbia y la presunción.

También su voz tenía ahora el timbre encantador del que hablaban los pescadores al explicar el llamado de las sirenas, y soltando al espacio las canciones que conocía desde su niñez, resonaba con la frescura de la naturaleza… agregándole a su estilizada figura la sensualidad y atractivo de la misma Afrodita.

Marianne se encontró cortejada por los caballeros de mayor alcurnia y poderío económico del país, pero ninguno de ellos alcanzó a acercarse a su corazón, que tapiado para siempre por la vanidad y la egolatría, no dejaba huecos para la entrega del amor.

Luego de transcurrido algún tiempo, ya hastiada de fiestas y salones, seleccionó con frialdad al hombre que consideró que tenía la apostura física y riqueza, que entendía adecuadas a su extraordinaria hermosura y cantarina voz. Aceptando altaneramente desposarse, con la exigencia de que su decisión fuera apropiadamente coronada con una boda fastuosa, en la cual con seguridad se rindiera pleitesía a su perfección.

Todos sus requerimientos se cumplieron, y concluida la celebración de su matrimonio principesco, se convirtió en la figura central de la sociedad que algún día había soñado integrar, llegando incluso a dictar las normas de conducta por las cuales esta se regía. Pero nunca llegó a percibir que sus nuevos dones habían nacido contaminados, trayendo consigo la frialdad que nunca, desde entonces la abandonó.

Poco a poco su indiferencia congeló también el deslumbrado sentimiento de su esposo, al percibir a diario que la única respuesta a su entrega y sinceridad era la indiferencia más absoluta… disolviéndose paulatinamente su amor y transformándose al contacto del desprecio en amargura y decepción.

El tiempo transcurrió sobre sus vidas hasta que hastiado y confundido por la vacuidad de su existencia, comprendió finalmente que el único amor de Marianne era el espejo donde reflejaba su belleza. Abandonó entonces todos sus bienes y pertenencias y se alejó para siempre del tormento de una convivencia imposible, buscando en la soledad y la pobreza nuevas alas que elevaran su espíritu apesadumbrado.

Marianne recibió la noticia con alegría e incredulidad, tratando de encontrar satisfacción en su posición social y la enorme fortuna, pero en poco tiempo las risas solapadas y las voces críticas, tan verdaderas como irritantes la rodearon y crearon en su entorno un enorme vacío. Sintió entonces que la envolvían los deseos de venganza y su piel sedosa exudó el veneno del odio; culpó en forma demencial al esposo que había osado despreciarla y concluyó aceptando el hecho de que solamente podría sentirse satisfecha con su muerte.

Pocos días después, buscando la manera de lograr su propósito y oculta bajo su lujosa capucha de seda regresó al antiguo hogar y enfrentándose con arrogancia al caballero del vitral, le expresó:

“Quiero vengarme de mi esposo y para ello estoy dispuesta a entregarte la mitad de mi fortuna, a cambio de que me reveles el actual paradero de ese ser despreciable que algún día me amó”

Nuevamente, el caballero descendió del ventanal y aceptando el trato ofrecido, le indicó el lugar donde se encontraba el hombre cuya muerte haría la felicidad de Marianne, tomando a cambio la enorme recompensa pactada.

A esta le fue extremadamente fácil, utilizando su oro, el contratar sicarios que hicieran realidad su venganza. Y cuando le comunicaron que lo habían encontrado como un vagabundo más de los caminos y le habían dado muerte, sintió que la opresión de su pecho cedía y descansó satisfecha.

Pero algunas acciones, pese a ser ajustadamente planificadas, tienen en ocasiones resultados imprevistos. A uno de los asesinos, capturado por un delito diferente, se le encontraron en sus alforjas las monedas de oro con las que Marianne le había pagado, confesando entonces quien se las había entregado y el crimen cometido.

Ante lo ocurrido y aterrorizada por la inminente acusación, Marianne huyó hacia su vieja casa, entrando jadeante y nerviosa en el taller donde todo había comenzado. Y de pie ante el vitral, envuelta en la tenue luminosidad de un nuevo amanecer, instó presurosa al caballero por su salvación:

“Por favor. Te lo ruego. Sálvame de quienes quieren atraparme.”

Lentamente, bajando de su vítreo pedestal y con el chirrido metálico de sus piernas acompañando cada uno de sus pasos, el caballero se enfrentó con la desesperación, expresando:

“Te ofrecí el lenguaje de las aves y la belleza de la más hermosa de las mujeres, el amor de un buen hombre y la fortuna de una reina… todo lo despreciaste por vanidad, consumando una venganza indigna”.

“A cambio de tu libertad deseo que me reintegres todo lo que has recibido: voz, belleza y fortuna… además me quedaré con tu genial talento de artista, devolviéndote solamente las herramientas de orfebrería”

Ante la dura y exigente respuesta, pasó por la mente de Marianne el negarse a un trato que consideraba injusto, pero los fuertes golpes de aldaba que anunciaban la llegada de la ley eliminaron su vacilación, gritando un “acepto” teñido de terror.

Y cuando la puerta cediendo ante la fuerza se abrió, reveló a los gendarmes la cara pecosa y poco agraciada, de la mujer que con voz ronca los recibió en el umbral; no siéndoles posible reconocer en ella al acusado buscado.

Y Marianne penetrando con lentitud al umbrío cuarto, tomó su cincel y el pequeño martillo que tan bien conocía comenzando un nuevo tallado, como uno más de las decenas de orfebres de la ciudad… regando con sus lágrimas la piedra, tan dura como su futuro.

Si logramos aceptar la realidad de una vida basada en las capacidades propias o adquiridas y en lo logros que de ellas derivan, sin dejarnos invadir por el conformismo; podemos llegar a disfrutar la felicidad que deriva de la tarea bien ejecutada y recompensada en la justa medida de nuestros merecimientos. Y mellando el filo de la daga de la avaricia y la ambición desmedida, alejaremos de nuestro ser la inquietud y la decepción, que pueden convertir nuestra vida en infierno interior.

Fin

El caballero del vitral es uno de los cuentos para reflexionar de la colección cuentos cortos del escrutor Rodolfo Nario para adolescentes, jóvenes y adultos.

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