El alarido del Hip Hop

bailarin de hip hop

El alarido del Hip Hop. Ana María Manceda, escritora argentina. Cuentos para padres. Cuentos sobre realidades sociales. Cuentos para pensar.

Quería incrustarme en el pizarrón, traspasarlo como una madura “ Alicia en el país de las maravillas” ¡ Cobarde!

En un segundo eterno hurgué desesperada en mi enciclopedia mental todas las filosofías pedagógicas para encontrar la más brillante y poder enfrentarlo. Sentía su mirada en mi nuca ¿Qué esperaría de mí? Mi mano, ignorando mi desesperación, amiga piadosa, dibujaba el perfil de la placa euroasiática.

Y me di vuelta, lo miré como a los demás alumnos, mi voz parecía venir de un lugar hueco y lejano. Pensé en la importancia de la educación, cierto, pero que soledad y vacío se enredaban en esa verdad. Era una carrera contra el tiempo, sus pulmones ya estarían achicharrados de tanto aspirar pegamento ¡Bendito seas! A uno de ellos se le ocurrió interesarse por el tema, sus preguntas hicieron derivar a la configuración actual del planeta, otros se interesaron en la vida existente durante laDeriva de los Continentes.

Todo en el universo es movimiento, me pregunto por qué lo único estancado es nuestra actitud de indiferencia social respecto a nuestra propia especie. Por fin el timbre, algunos alumnos se acercaron, seguían interesados. Nano se puso a mi lado, por primera vez se veía humilde, desamparado, mimoso. Tenía un aire de ¡ Estoy aquí, con mi profe! Lo tomé del hombro, sentí su aún cuerpo de niño, casi me puede el llanto, no me lo iba a permitir, él me necesitaba protectora. — Nano ¿ En estos días bailan de nuevo el hip-hop?

—Sí, el viernes ¿Qué, quiere venir? Me preguntó con su dicción cantarina y esperanzada.
—Sí, claro, me gustó, además es una expresión cultural de grupos que nos dicen muchas cosas—, dije estúpidamente. Le di un beso en la frente y me fui. Caminé las veinte cuadras que quedaban entre mi casa y el colegio, me hizo bien el aire fresco. Cuando había entrado al salón de clase y lo vi sentado, mirándome fijo, sentí vértigo. En ese trayecto recordé lo ocurrido con Nano.
Acepté ir a la presentación de los Talleres Municipales. La sala estaba repleta de chicos, se lucieron con las guitarras, bailaron folklore y tango. Casi al finalizar la muestra le tocó el turno al Hip-Hop. En el grupo estaba Nano, pantalones anchos, buzo y gorra de lana negra, una cruz pendía de su cuello.

Su carita de dieciséis años tenía una expresión incierta, solo sus ojos oscuros transmitían una fiereza desolada. La música, extraña para mí, provocaba que los jóvenes contorsionaran sus cuerpos en el piso del escenario, las piruetas eran increíbles, solo ellos podían realizarlas. Mientras unos bailaban otros hacían coro con letras de protesta.

El mensaje me llegó, lo sentí en el estómago, era un alarido, una denuncia por la marginalidad de sus vidas, un alegato a la indiferencia social. Decidí que luego de la cena me acercaría hasta el departamento de Nano, sabía donde vivía, había visitado a su familia, muy humilde y sin padre en ocasión de un censo escolar.

Al salir del teatro compré una caja con bombones, se los llevaría de regalo, una pequeña manera de halagar su actuación y de alguna manera demostrarle que había estado presente. Rechacé de manera constante sentirme culpable, en lo que hacía me brindaba entera, no los estafaba. Luego del espectáculo, al llegar a casa, abracé como nunca a mis hijos.

Cuando terminaron de cenar les repartí unos bombones que compré sueltos, los de la caja eran para mi alumno. Ya todo organizado y brindando explicaciones vagas me despedí de los niños, no tardaría mucho en regresar. Solicité un taxi y fui hacia las torres donde vivía Nano, pedí al chofer que me esperara, eran las diez de la noche.

Me acerqué a un grupo de adolescentes que estaba sentado en la vereda, se veían botellas de cerveza vacías tiradas en el piso, sus voces sonaban guturales, altisonantes, provocativas.

—¿ Qué querés vieja? No molestes!

—Dejala che, es mi profe.

Mi mano, temblorosa, se extendió hacia Nano, entregándole la caja de chocolates. Sus ojos, de pupilas dilatadas, me miraron oscuros y asombrados desde el abismo. Lo tomó dócil, sin agradecer, mientras fumaba de manera profunda su cigarrillo, luego se lo pasó a un compañero. Uno de los chicos, como si tal cosa, aspiraba pegamento de una bolsa de nylon.

Los olores del pegamento y la marihuana me provocaron náuseas, atiné a decir

—Chau Nano, te veo en clase.

En el trayecto de regreso hasta llorar me parecía estúpido, me sentía acorralada, furiosa, impotente.

No sabía como iba a mirarlo a los ojos luego de esa noche, los dos éramos conscientes que una triste complicidad nos uniría de ahora en más. Ese día de clases había sido al primero que vi luego de mi visita a su barrio.

Las veinte cuadras me dejaron exhausta, mis movimientos de rutina eran rápidos, intensos, cortos. Quizás de ahora en más cambie mis pasos, pero mis manos están vacías. Al llegar a mi hogar, voy divisando una luz, con la certeza que en los acontecimientos cotidianos, la causalidad se inserta en la red de la vida y estoy segura que mi mirada no se cerrará más entre los límites de mi realidad. En esa red de ahora en más estará Nano, estoy segura, él estará.

Fin

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