Dos hermanos

dibujos de valles

Dos hermanos. Carlos Savariano, escritor argentino. Cuentos para padres. Historias de hermanos.

 

Dos hermanos recibieron una heredad. Al mayor le correspondió un territorio con muchas aguadas y tierra fértil, mientras que al menor unos terrenos prácticamente estériles.

Como es de suponer el hermano mayor amasó una fortuna, mientras el menor a gatas subsistía en su pobreza.

Pero así como los diferenciaba la riqueza, también los hacía distintos el talante de cada uno. El mayor era avaro y mustio, casi salino, y su único empeño en la vida era cómo hacer más dinero, no conformándose de ninguna manera con los dones que le habían sido dispensados; sin embargo, el menor, aquel que vivía en la pobreza, llevaba una vida de trabajo rudo y fuerte entre las risas y los bailes, era feliz con lo poco que tenía y reemplazaba con las bondades de su alma las carencias materiales.

El hermano rico, aunque fueran tierras de poca valía, ansiaba la heredad de su hermano y estaba dispuesto a todo para que fueran suyas. Entonces se decidió a visitarlo y le propuso comprar la propiedad.

-No hermano, si yo te vendiera estas tierras, ¿qué sería de mi familia, dónde hallaríamos un techo, dónde un patio para seguir bailando?

-Pues te vendrías tú y los tuyos a vivir conmigo- respondió el hermano rico.

-¿Me propones vivir a tu sombra hasta que yo mismo me convierta en tu propia sombra? No, aquí nosotros, con esta nada, somos felices y somos nosotros.

El hermano mayor se retiró protestando con la testarudez de su hermano. Masculló planes día y noche para apropiarse de la heredad.

Sabiendo de sus preocupaciones, uno de sus hijos le comentó que un primo se mostró admirado de los lujos que poseían, habiéndose manifestado:

-¡Qué no haría yo para vivir como ustedes!

-¡Ve a buscarlo!, lo conminó el padre.

Una vez que el hijo del hermano pobre se hizo presente, le convidó con algunos manjares y unas copas del vino reservado. Entre charlas superficiales y bromas lo fue llevando al punto que él deseaba. Le propuso que, si se disponía a forzar de cualquier manera la decisión de su padre de no vender, su persona y cualquiera que lo acompañara en su aventura serían muy bien recompensados y podría disfrutar de los atavíos y posesiones de las que hoy disfrutaban sus primos, o sea, sus propios hijos. El muchacho se comprometió a llevar a cabo las acciones necesarias para que su padre cambiara de opinión y se retiró a la colina donde cuidaba de una majadita de ovejas.

Al poco tiempo, encontraron degolladas a las dos vacas lecheras.

-No importa- dijo el hermano pobre-beberemos leche de cabra.

Pasadas unas semanas descubrieron que la aguada principal estaba envenenada.

-No importa-dijo el hermano pobre-beberemos agua de lluvia.

Pero mientras esto decía, el hermano pobre se dio a pensar que en estos sucesos había intervenido la mano de alguien y sospechó de su hijo que mantenía una actitud hosca y distante. Una noche lo siguió al huerto y lo encontró extrayendo los brotes tiernos de hortalizas. El hermano pobre no pudo contener las lágrimas ante la actitud de su hijo y a los gritos le requirió una explicación. Sus gritos llamaron la atención de todos sus hijos y ante todos, el muchacho reconoció que llevaba a cabo esas labores para obligar a su padre a vender la heredad a su hermano rico, porque su deseo más ferviente era vivir como sus primos, que si bien estaba agradecido de lo aprendido y recibido, tenía necesidad de otra vida.

Luego de un rato de silencio, algunos de sus hermanos declararon que si bien no estaban de acuerdo con los métodos, compartían sus deseos. Abrumado por el desconsuelo producto de la traición, el padre dijo:

-Pues bien, si eso es lo quieren que así sea. La heredad es de ustedes. Pueden disponer. Reservo para mí el valle aquel entre los picos altos de las montañas para que allí mis huesos descansen.

Y de tal manera fue hecho. Los hermanos rebeldes vendieron la heredad a su tío, quien no solamente no les pagó sino que los denunció ante los magistrados por los daños ocasionados a la aguada, a la huerta y a las vacas. Al final terminó conchabándolos de vaqueros para que no se dijera que había hecho esto y aquello con su propia sangre.

En las noches cálidas, cuando sopla la brisa del poniente, se escuchan los ecos de los ecos de los ecos de risas y música provenientes de la montaña, el pequeño valle, esa pampita, donde moran el hermano pobre, su mujer, algunos de sus hijos y todos aquellos que supieron acompañarlo.

Puedes seguir leyendo: Cuentos infantiles

Fin

Imprimir Imprimir

Comentarios