La soledad

La soledad. Liana Castello, escritora argentina. Cuentos para reflexionar. Cuentos espirituales.

El ángel aún no estaba listo para bajar a la tierra. Sin embargo y mucho antes de lo que hubiera debido, lo hizo.

Inexperto, inseguro, pero con ansias de ayudar, posó sus pies por primera vez en suelo firme. Había escuchado hablar de la soledad, pero no se había quedado el tiempo suficiente para saber su verdadero significado.

¿Sería algo malo? ¿Algo bueno? ¿Una cosa? ¿Un lugar? ¡Eso! Seguro debía ser un lugar, pero si así era ¿Dónde estaba? Lamentó no haberse quedado más tiempo para que otros ángeles le hubiesen enseñado qué significado tenía esa palabra o, al menos, dónde quedaba.

Si no lo había aprendido en el cielo, lo averiguaría en la tierra. De dónde él venía, era difícil darse cuenta realmente de qué podía ser la soledad. Imaginó entonces que era algo meramente humano y por ende sólo entre los seres humanos la podía encontrar. No se equivocó.

Sin embargo, seguía desorientado y sin saber demasiado dónde y cómo empezar su búsqueda. Supuso entonces que observar a las personas sería un buen modo de comenzar, tampoco en eso se equivocó.

Desde la copa de un árbol observaba los rostros de la gente, la mayoría no parecía muy feliz. Observó durante días y se dio cuenta que no era suficiente, debía entonces escuchar y a escuchar se dispuso.

No tardó demasiado en enterarse de lo que era la soledad, la gente hablaba mucho de ella. Al principio el inexperto ángel estaba confundido. Parecía ser un estado, otras veces un sentimiento y hasta un lugar, pues si bien no se trataba de un lugar fijo, mucha gente se había instalado allí.

Tardó en entender que la gente podía estar sola, aun estando acompañada de muchos otros, como también le costó entender que ciertas personas que no tenían a nadie cerca no se sintiesen solos en absoluto.

¿Dónde se alojaba la soledad de la gente? ¿En sus hogares? ¿En sus mentes? No, sin dudas, no eran esos los lugares, podían parecer los correctos, pero no lo eran.

Y como siguió escuchando y muy atentamente, supo por fin que la verdadera soledad se aloja en el alma de las personas. Entendió en ese momento por qué la soledad no dependía de si las personas tenían alguien a su lado o no.

¿Cómo ayudar entonces? Un ángel no podía convertirse en un amigo, un hermano, un amor. No podía decir “habla, yo te escucho, me importa lo que tienes para decirme”.

El ángel se sintió confundido, había descendido antes de tiempo y no había llegado a escuchar cuál debía ser su misión en la tierra. Sin embargo, no le hizo falta subir nuevamente al cielo para saber lo que el Señor esperaba de él.

En lo más profundo de su corazón de ángel supo que su misión era sin dudas, paliar la soledad de los seres humanos.
Feliz de saber su cometido, pensó entonces en cómo llevarlo a cabo.

Si, como ya había visto, la soledad más profunda se alojaba en el alma de las personas, allí era dónde debía actuar.

Y fue así, como el ángel fue colocando un sueño en cada persona que realmente estaba sola. Un sueño acompaña, motiva, ilusiona, llena de esperanzas los corazones vacíos. Colocaba diferentes tipos de sueños, grandes, pequeños, pretensiosos, humildes.

El ángel que ya no era ni tan inexperto, ni tan inseguro aprendió que los seres humanos también tiene problemas para soñar y cuánto más grandes son, el problema es más grande también.

Y aquellas personas a las que el ángel ayudó, que fueron muchas por cierto, alojaron un sueño en su corazón y su alma ya no estuvo vacía ni se sintió sola. Aún mejor, la gran mayoría de esos nuevos soñadores fueron capaces de conectarse con otros y sintieron así una felicidad aún mayor, la de compartir un sueño y en esos seres, la soledad fue sólo un recuerdo lejano.

El ángel, que no tenía compañía ninguna en la tierra ni con su misión, nunca, jamás, experimentó esa soledad que resultó ser su gran desafío en la tierra.

Fin

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