El enemigo

Hacía tiempo que se había dado cuenta que tenía un enemigo. Mucho tiempo, tal vez demasiado, tanto que –en cierto modo- se había acostumbrado a vivir con él.

Su enemigo no portaba armas, no golpeaba con sus puños, ni usaba látigos. Por el contrario, solapado seguía todos sus movimientos, o en realidad, sus pensamientos. Él podía escucharlo y su voz le resultaba familiar.

Su enemigo aparecía todo el tiempo, de día, de noche, al despertarse, al acostarse, mientras trabajaba, mientras descansaba y algunas veces lograba entrar en sus sueños.

Le hablaba bajito, casi en forma de susurro pero cada una de sus palabras y sus frases tenían la potencia de un trueno.

Le decía frases tales como “no podrás”, “no lo intentes pues fracasarás”, “ya no tienes edad para eso”, “no te ama”, “no sueñes, es inútil”, “no te arriesgues, es peligroso”.

Otras veces el enemigo se disfrazaba de miedo y entonces teñía toda su vida de temor: temor a enfermarse, a no ser feliz, a no ser amado, a no poder, a no lograrlo, a la muerte, la soledad. Su enemigo era realmente impiadoso cuando vestía ese disfraz, lograba deslucir su vida, paralizarla.

Cierto día, el hombre se cansó de vivir con su enemigo a cuestas y decidió luchar contra él, mas ¿cómo lo haría si no conocía su rostro? ¿Se puede vencer algo que no se sabe cómo luce? Tendría entonces que buscar primero su rostro, conocer sus facciones, su aspecto, luego vería cómo lo doblegaba.

Estaba cansado de vivir con esa sombra, de no poder disponerse a ser feliz, de no tener paz interior. Estaba cansando de tener miedo, tanto miedo a tantas cosas…

¿Lo reconocería cuando lo viese? ¿Sabría a ciencia cierta de quién se trataba? Lo había imaginado muchas veces, o al menos había tratado de hacerlo. ¿Cómo sería?

Un día de esos que hay pocos, de esos que marcan un antes y un después en la vida de las personas, se miró al espejo con atención. Se detuvo a observarse y con horror descubrió que el enemigo tenía su rostro. Que su cara era la cara de él, que no era otro que él, que siempre había sido él.

La sorpresa fue muy grande. El hombre, como todos los hombres, siempre había creído que su enemigo estaba en otro lado, que era otro, que lo podía ubicar en el afuera, pero resultó que estaba dentro de sí, que no era ni más, ni menos que él mismo.

Si antes se había planteado cómo combatir a quien no conocía, ahora con mayor preocupación, se planteaba cómo combatirse a sí mismo, a esa parte de él que le jugaba en contra, que lo torturaba, que no lo dejaba ser feliz.

¿Sería posible librar una batalla contra él mismo?

Y ese mismo día, uno de esos días que hay pocos, de esos que marcan un antes y un después en la vida de las persona, se respondió que sí. Sin dudas, no sería sencillo luchar contra esa voz interior que atentaba contra su paz interior, pero al menos ya sabía a quién se estaba enfrentando y no era poco.

Sin darse cuenta, ya había dado el primer paso para lograr su tan ansiada paz interior, para alcanzar algo que se pareciera a la felicidad o la felicidad misma, esa felicidad cotidiana, sencilla, tranquila, ese tipo de felicidad que puede alcanzarse aquí en la tierra.

Habían sido muchos años de torturarse pensando cuántas cosas no había sido capaz de hacer, mucho tiempo paralizado por el miedo, muchas noches escuchando el mismo fantasma que llenaba de negativas y peligros su realidad.

Se miró nuevamente y sintió, por primera vez en mucho tiempo, que se amaba. Supo que ése sería su punto de partida: el amor; porque en él están la piedad, la paciencia, la voluntad, la esperanza. Si aprendía a amarse más y mejor, sin dudas lograría acallar esa sombría voz que siendo la de él, se asemejaba al infierno mismo.

Ahora sería él quien actuase, tampoco usaría armas, ni látigos, ni puños, libraría su batalla con una herramienta más poderosa que cualquier otra.

Y comenzó a comprenderse, a ser piadoso consigo mismo, a entender el por qué no había hecho ciertas cosas y a partir de allí poder lograrlas y de ese modo, empezó muy de a poco, a escuchar otras voces. Otras que le decían que sí podría, que valía la pena arriesgarse y soñar.

Se preguntarán ¿quién ganó la batalla? El final de este cuento es diferente, pues esta lucha, o la que en realidad libramos los seres humanos contra nuestras miserias y temores, jamás se termina. Más allá de eso, hay una buena noticia: disponerse a ser más feliz y a vivir mejor, sin dudas, es el comienzo de un gran triunfo.

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Fin

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