Nicoletta – Capitulo I

Cuento infantil sobre niños mentirosos sugerido para niños a partir de nueve años.

Capítulo I – Nicoletta y su mundo

Nicoletta era una niña especial y no porque tuviese más de dos manos o midiese tres metros, o porque su cabello fuese de color verde. Nicoletta era especial porque era una niña llena de fantasía y lógicamente, muy fantasiosa. Algo exagerada y con una imaginación prodigiosa.

La imaginación de Nicoletta no tenía límites y su manera de exagerar cosas o situaciones tampoco.

Para Nicoletta no existían las cosas comunes, todo era muy bueno, muy malo, lo peor, lo mejor, algo nunca visto, todo era extraordinario.

Era alegre y buena, pero algo perezosa. No siempre hacía las cosas que su mamá le pedía, o por lo menos, no las hacía cuando las debía hacer.

-¿Has terminado de ordenar tu cuarto Nicoletta?-preguntaba su mamá todos los días.

-Si ya está todo ordenado, quedó un primor-contestaba la niña.

Y como su mamá sabía que tal vez el cuarto no estaba como Nicoletta decía, todos los días iba a revisarlo.

-Nicoletta este cuarto es un desastre ¿por qué dices que quedó un primor?

-Porque así es como lo pienso dejar cuando lo haga mami, ya lo ordeno.

-Si no lo has hecho, no está bien que me digas que está listo hijita eso es mentir.

-¡Yo no miento mami! Sólo me adelanto a los hechos, verás que por la tarde mi cuarto lucirá hermoso.

Nicoletta no quería mentir, pero su costumbre de exagerar las cosas, o darlas por hechas porque las haría luego empezaba a ser un poco peligrosa.

Muchas veces el límite entre algo que no es del todo como es y una mentira es muy pequeño y Nicoletta no se daba cuenta de ello.

Decía haber terminado la tarea cuando en realidad le faltaba resolver varias cuentas. Haber terminado de comer cuando en el plato quedaban dos papas y una zanahoria preguntándose cuándo la niña se dignaría comerlas. Estar lista para salir cuando le faltaba ponerse una zapatilla, una media y su cabello lucía como un matorral.

Era difícil para sus padres y su maestra hacerle entender a la niña que las cosas se terminaban cuando realmente estaban terminadas, que no era bueno exagerar todo y todo el tiempo. Por esfuerzos que hicieran, Nicoletta parecía no entender.

A pesar de su constante costumbre de exagerarlo todo, Nicoletta era una niña de muy buen corazón, jamás quería herir a nadie, siempre deseaba que todos estuvieran contentos pero aún con esos buenos sentimientos, la pequeña se equivocaba.

No podía terminar de ser sincera con ciertas cosas. Cierto día, su abuela la invitó a comer y le hizo de postre ese flan que a su nieta tanto le gustaba. Cuando le preguntó si estaba rico, Nicoletta le dijo que sí, que era el flan más rico que hubiese probado jamás. No era cierto, su abuela había olvidado ponerle azúcar y se había excedido en la cocción. A ciencia cierta, no se sabía bien si era un flan o un omelette, pero la niña no se animó a decírselo. La pequeña pensaba que si le decía que el postre no había tenido buen sabor, su abuela se entristecería.

Cuando su madre le compraba ropa, siempre grande para su talle, Nicoletta no se animaba a decirle estaba cansada de usar remeras que le colgaban, de pisarse los pantalones y que las polleras parecía de su hermana mayor.

Todo lo hacía con una buena intención, pero aún así no era una actitud correcta, Nicoletta tenía que aprender que podía ser sincera sin dañar los sentimientos ajenos y que siempre la verdad, por difícil que pareciera, era mejor que una mentira por piadosa que ésta pudiera ser.

A pesar de los consejos de sus papás y por qué no decirlo, de algún que otro reto también, la niña no cambiaba sus costumbres.

Era evidente que Nicoletta tenía que aprender por sí sola los límites de la verdad y la mentira. El valor de la sinceridad y de la palabra justa.

Nicoletta no lo sabía, pero poco faltaba para que aprendiese la lección más importante su vida y ese aprendizaje no sería nada fácil, pero valdría la pena

Continuará…

Ilustración de Ayelén Romero

Fanpage: Pequeño Mundo Ilustrado – by Ayelen Romero

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