MARCOS CUADROS, de vocación pintor – Capítulo VIII

Cuentos infantiles sobre los buenos sentimientos

Quinto Cuadro – El equipo de fútbol. Cuento sugerido para niños a partir de nueve años. Cuentos infantiles sobre los buenos sentimientos.

Como en muchos colegios, en el que iba Marcos se organizaban campeonatos de fútbol.

Era una fiesta en la que todos participaban, no sólo los niños que jugaban, sino los padres que ayudaban en la dirección técnica, las madres que cocinaban ricas meriendas para compartir luego del partido y los abuelos y hermanos que alentaban.

Sin embargo, últimamente la organización y realización de los campeonatos, más que fiesta se había convertido en algo similar a una gran batalla.

Algunos padres parecían no entender que lo más importante de esos encuentros eran la unión y la diversión y no quién ganaba o quién perdía, quién había hecho más goles o a qué mamá le había salido más rica la torta.

-Tu hijo debería en el banco de suplentes-dijo un padre a otro-nunca hace goles.

-Y tu esposa debería hacer un curso de cocina, sus tortas parecen piedras y no tienen gusto a nada-contestó el otro.

-Es cierto-intervino un tercero- el otro día comí una porción y la tuve que masticar media hora.

-Media hora tarda tu hijo en pasar la pelota al compañero-dijo el primer padre al tercero que se había metido en la conversación.

-¿Qué tarda qué…? ¡¿Qué tarda cuanto….?!-gritó el tercero enfurecido.

-¡Vamos debes reconocer que tu hijo es muy lento en el campo de juego!-contestó el primero.

-¡Vamos debes reconocer que tu esposa es pésima cocinera!-respondió el tercero.

Ese afán de competencia que no era el adecuado, se trasladaba a los niños que terminaban enfrentándose unos a otros.

-¡Perdimos por tu culpa!-gritó un niño al otro.

-Perdimos todos, perdió el equipo, no es culpa de nadie, a veces se pierde y a veces se gana-contestó Marquitos.

En el colegio había dos equipos “Los azules” y “Los rojos” y si bien ambos equipos pertenecían al mismo colegio, algunas veces los niños no se portaban como compañeros, sino como rivales.

La peleas llegaron hasta el aula y allí todo empezó a complicarse un poco más.

-Hoy veremos las palabras graves-dijo la maestra.

-¡Grave es la forma en que atajas!-gritó un niño al otro.

-Bueno, bueno-intervino la maestra-no quiero discusiones sobre fútbol, estamos en la clase de lengua.

-¡Lengua larga es la tuya!-gritó el niño que siempre atajaba al que lo había agredido.

-Bueno basta-dijo firme la maestra-esto se termina aquí, dejaremos las palabras graves para otro momento y veamos ahora cómo podemos solucionar estos desencuentros.

Conversaron mucho en clase y la maestra propuso a los niños que hicieran algún trabajo vinculado con los partidos de fútbol pero que sirviese para unir, para pensar, para cambiar lo que estaba ocurriendo, podía ser una poesía, un dibujo, lo que cada uno quisiera.

Esa tarde Marquitos colocó el lienzo en el caballete, muy seguro de lo que iba a pintar.

Como siempre, dibujó primero. Esta vez a cada uno de los chicos que formaban ambos equipos, pero en este caso formando un solo equipo, todos juntos, muy juntos. Los dibujó sonrientes y divertidos.

Cuando llegó el momento de pintar no hubo dudas con el color de las camisetas, serían violetas: la mezcla del rojo y el azul.

El cuadro quedó precioso, todos lucían una misma camiseta, eran parte de un mismo equipo que era el equipo del colegio. Se veían contentos y no enojados como siempre.

Divertidos y no peleando como de costumbre. En ese cuadro no importaban los resultados, era ni más ni menos que un grupo de niños haciendo algo juntos sólo por divertirse y por estar unidos.

Al día siguiente todos presentaron sus trabajos. Cuando llegó el turno de Marquitos, mostró el cuadro y explicó el por qué había pintado la camiseta violeta.

Y los niños entendieron de qué se trataba verdaderamente esa actividad y no sólo los niños, sino los padres también.

El colegio mandó a hacer camisetas nuevas, todas iguales, todas violetas.

Los padres y los niños celebraban los triunfos e intentaban aprender de las derrotas.

Ya no se criticaban o agredían por la lentitud en la cancha, la falta de goles y lo duras que salieran las tortas, se permitían pensar en que si cada uno se esmeraba en lo suyo, vendrían los goles y las tortas suaves y sabrosas.

Continuará…

Todos los derechos reservados por Liana Castello

Cuento sugerido para niños a partir de nueve años.

Capítulo VII

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