Las lágrimas de papá

Las lágrimas de papá

Las lágrimas de papá

Las lágrimas de papá. Ana Delia Mejía, escritora y educadora peruana. Cuentos infantiles con valores.

Sucedió hace como un mes: jugábamos mis amigos y yo a los astronautas en la hora de recreo cuando, de pronto, a causa de lo rápido que piloteaba mi nave (porque los cohetes viajan a la velocidad de la luz y la luz es realmente veloz) no me percaté de que había una botella de gaseosa tirada en el suelo y tropecé con ella.

Entonces sí que volé de verdad, pero el aterrizaje resultó tan doloroso que deseé nunca haber despegado. Me raspé las manos y, lo más grave, me desgarré las rodillas. Sentía tanto dolor que empecé a llorar desconsoladamente. Se agruparon en torno mío muchos chicos de todos los grados, además de mis amigos.

Alejandra, que me estaba limpiando la sangre con el mantel en el que su mamá le manda la fruta, les pidió a dos de tercero que llamasen a la enfermera. Yo no paraba de llorar. Fue entonces que un chico de sexto, mirándome burlón, dijo:

– Cállate, ¿no sabes que los hombres no lloran?

– Cállate tú-intervino Alejandra -, ¿cómo no va a llorar si le duele?

El niño no respondió y se alejó riendo. Yo me sentí avergonzado. No volví a llorar ni cuando la enfermera me puso alcohol en las heridas… ¡Y dolió tres veces más que la caída! Al parecer yo había aprendido una lección ese día: no debía llorar pasara lo que pasara, porque era un hombre. Me lo prometí a mí mismo, pero…

Una semana después, mamá regresó temprano de trabajar y nos llevó a mi hermanito y a mí al cine. Vimos una película tristísima sobre un perro que esperó a su amo muchos años sin saber que este había muerto, hasta que, finalmente, él también murió. Hice de todo por contenerme, pero no pude. Mamá y Rodrigo también tenían los ojos rojos al salir del cine.

Me dio mucha rabia no haber podido cumplir mi promesa. Todo el camino de regreso estuve callado. Al llegar a casa abrí la puerta de mi cuarto de una patada. Papá, que ya había llegado de trabajar y estaba en la sala leyendo, acudió inmediatamente a ver qué pasaba. Le expliqué todo.

– Respóndeme algo, Sebastián -dijo- ¿Por qué los hombres no debemos llorar?

– Porque somos hombres. – contesté.

– Sabes bien que esa no es una razón.

– Porque somos fuertes y valientes. – ¿Y las mujeres no lo son?

– Sí, pero no tanto como los hombres.

– Pues tu mamá es tan fuerte y valiente como yo, incluso más. No supe qué responder.

Él continuó:

– Entonces, está bien que las mujeres lloren porque son débiles y cobardes, según tú, ¿verdad? Y los hombres que lloran también lo son, ¿no?

– Eeehh…

– Bueno, me entristece que pienses eso de tu mamá y de mí.

– ¿De ti? – Claro. Yo lloro.

– ¿Cuándo?

– Cuando me invade una emoción intensa. Por ejemplo, la primera vez que te cargué, el día que naciste, me sentí tan feliz que lloré meciéndote en mis brazos.

– No sabía… -balbuceé. – Bueno, ahora lo sabes. Escúchame bien, hijo: el que un hombre llore no lo hace débil, al contrario: solo los hombres fuertes y seguros de sí mismos se atreven a expresar sus sentimientos sin importarles qué digan los demás. Yo quiero que tú seas uno de esos hombres, ¿de acuerdo?

– De acuerdo, papá. –asentí.

Ayer tuvo lugar la actuación por el día del padre en mi colegio. Yo salí a recitar un poema que escribí para papá. Se lo dediqué antes de empezar a declamarlo. Cuando acabé, todos aplaudían menos él, que se estaba secando las lágrimas con su pañuelo.

Fin

 

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