El genio

El genio. Escritora argentina. Cuento sobre el valor del esfuerzo. Hace miles de años, entre tules, piedras preciosas, tiendas y camellos, vivía un joven llamado Simbad. Simbad era muy ambicioso. Sin embargo, a pesar de su amor por las cosas materiales, no le gustaba el trabajo y menos aún el esfuerzo. Su familia no tenía […]

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El genio. Escritora argentina. Cuento sobre el valor del esfuerzo.

Hace miles de años, entre tules, piedras preciosas, tiendas y camellos, vivía un joven llamado Simbad.
Simbad era muy ambicioso. Sin embargo, a pesar de su amor por las cosas materiales, no le gustaba el trabajo y menos aún el esfuerzo.


Su familia no tenía riquezas por lo que, se hacía necesario forjarse él sólo una posición. Simbad se resistía a escuchar las palabras de su padre, quien ya no sabía cómo pedirle que fuese responsable y buscase una ocupación decente.
El muchacho vagaba por las calles bajo el sol abrasador. No buscaba trabajo, sino la manera de ganar dinero fácil. Era de las personas que creían que las cosas podían obtenerse sin esfuerzo, ni sacrificio.
En aquellos tiempos era común escuchar relatos de genios. Las historias sobre personajes que salían de lámparas y cumplían deseos circulaban por todas las calles de la calurosa Arabia.
Simbad no era ajeno a esos relatos, es más, creía fervientemente en que los genios existían y soñaba con que algún día encontraría el suyo.
– ¡Si tan sólo encontrara la bendita lámpara, todos mis problemas se solucionarían! – decía una y otra vez el muchacho.
El tiempo pasaba y Simbad seguía creyendo que una mágica solución habría para obtener lo que en buena ley no estaba dispuesto a ganar.
Una tarde, cansado de vagar por la ciudad, Simbad se recostó al lado de una tienda para guarecerse del sol y se quedó dormido. Cuando despertó había anochecido, no había nadie en las calles.
Había luna llena, un cielo azul profundo y un brillo particular que como una flecha apuntaba a los ojos del muchacho.
Simbad no distinguía qué era. El brillo de la luna se reflejaba en algo metálico, pero era difícil saber de qué se trataba pues era tal su intensidad que le obligaba a entrecerrar los ojos.
El joven se agachó y a tientas tomó el objeto. Lo palpó sin llegar a poder verlo aún. No lo podía creer. Sus manos tocaban la forma que tanto había deseado encontrar. Parecía una lámpara. Simbad dudo en abrir sus ojos ¿Y si no era lo que pensaba? ¿Y si sus ganas de encontrarla le estaban jugando una mala pasada?
Siguió palpando, casi no había duda ya, tenía que ser una lámpara. Abrió sus ojos, el reflejo era casi insoportable de resistir, pero debía verla, debía cerciorarse que tenía por fin entre sus manos ese objeto que –él creía- cambiaría su vida por completo.
Cuando su vista se acostumbró, pudo observarla bien. Era muy bella, parecía de oro, del oro más fino que Simbad jamás hubiese visto. Tenía grabados unos arabescos que no terminaba de entender, pero ¿importaba? Sin duda no. Lo único que le interesaba era tener en sus manos aquello que tanto había ansiado.
Se levantó y miró hacia todos lados. Afortunadamente estaba solo en la calle, por lo que presumía nadie había sido testigo de tal hallazgo. Por si acaso, escondió la lámpara bajo su túnica y se fue corriendo hacia el sótano de su casa.
Procuró no ser visto por su familia tampoco. Cerró la entrada al sótano, se sentó en el piso y observó por mucho tiempo tan bello elemento. Era realmente hermosa, pequeña en realidad, tal vez más de lo que siempre la había imaginado. No podía creer que allí estuviese, frente a él, dispuesta a dejar en libertad al genio destinado a vivir en el encierro.
Antes de tocar la lámpara, debía pensar bien en lo que deseaba. La leyenda decía que el genio sólo podría cumplir tres deseos, no era cuestión de desperdiciar tres oportunidades.
¿Cómo sería el genio? Se preguntaba Simbad ¿sería de tez oscura como él o tendría otro color de piel? ¿Sería alto, gordo, bello? ¿Qué más daba? lo único que Simbad esperaba es que estuviese dispuesto a cumplir sus peticiones. Así debía ser “el genio jamás desobedece al amo, siempre cumple al pie de la letra con sus pedidos” así decía la gente.
Nervioso comenzó a frotar la lámpara, una y otra vez. Nada ocurría. Ya cuando estaba a punto de arrojarla por el aire, comenzó a salir humo de la misma. Todo se nubló para Simbad y cuando pudo abrir los ojos nuevamente, frente a él estaba el genio.
El joven no podía creer lo que veía, la leyenda hecha realidad y frente a él, dispuesto a cumplir las tres peticiones que hiciera.
Su aspecto lo desilusionó un poco, no era fornido que él había imaginado. Era delgado, con poco cabello, casi calvo y su expresión tenía algo que al joven le costaba descifrar.
– Tu dirás – dijo el genio sin siquiera saludar y con un aire no demasiado servicial.
El joven titubeó antes de hablar. Había deseado tanto ese momento, que le costaba creer que fuese cierto.
– Si tienes algo que pedir, hazlo ahora. No eres el único que necesita mis servicios.
– No eres muy amable que digamos – comentó Simbad desconcertado.
– ¿Debería serlo? Tu pides, yo procuro cumplir tu deseo, de eso se trata.
Sin dudas el genio no era lo que Simbad había soñado. De todos modos, lo único que el muchacho buscaba era obtener lo que deseaba de él y nada más. Lo mismo daba que fuese simpático o no.
– Pues bien, entonces te haré mi primera petición
– Tu dirás – volvió a decir el genio.
– Deseo tener una casa, pero no cualquier casa. Quiero que sea lujosa y grande, parecida a un palacio. Una casa con muchísimas habitaciones, ventanas con los más finos cristales, parque, torre, grandes escaleras y columnas, muchas columnas.
– Deseo concedido – dijo el genio y un espeso humo cubrió todo el sótano. Cuando la humareda se disipó, el lugar se cubrió de ladrillos, cemento, trozos de mármol, vidrio y metal.
Simbad quedó absorto mirando el panorama. No entendía de qué se trataba ¿se habría expresado mal? ¿No había pedido una casa? Lo que miraba se asemejaba más a escombros que a una lujosa vivienda.
– ¡Creo que no me has entendido! – Dijo el joven ofuscado- te pedí una lujosa vivienda, no ladrillos y vidrios desparramados.
– Comprendí perfectamente – dijo el genio sin inmutarse – tu sabrás lo que tienes que hacer.
Simbad no terminada de comprender. Decepcionado, se dijo que debía pensar bien su segundo deseo y sobre todo expresarlo con claridad para que fuera cumplido con exactitud.
– Espero tu segundo deseo mi amo – dijo el genio.
– ¿Lo cumplirás al pie de la letra? ¿Me darás exactamente lo que te pido?
– ¿No lo he hecho acaso? – contestó.
El muchacho no creía que su deseo hubiese sido cumplido, pero no quiso discutir. Temió que el genio se enojase y no le concediese los dos pedidos que le faltaban. Guardó su rabia y desilusión y se concentró en la siguiente petición.
– Tu dirás, dijo el genio.
– Deseo ser un gran sabio, un hombre de éxito. Famoso, que todos me admiren y la gente me consulte.
– Deseo concedido mi amo.
Una vez más el humo envolvió todo el sótano y un ruido ensordecedor penetró en los oídos de Simbad. Del techo comenzaron a caer cosas que el joven no pudo distinguir pues no podía abrir los ojos. No eran cosas muy pesadas, pero tampoco demasiado livianas. Simbad trataba de protegerse de aquello que iba cayendo sin entender en absoluto qué estaba pasando ¿el genio habría enviado una tormenta en vez de sabiduría?
Luego de ese momento que pareció una eternidad, volvió la calma nuevamente y Simbad abrió los ojos. Se vio rodeado de libros de todas las ciencias existentes. Eran tantos que formaban montañas uno sobre otro.
Se sentía igual que antes. Imaginó que, al abrir los ojos, se vería diferente por dentro y por fuera. Que sería un gran sabio, tal y como lo había pedido. Sin embargo, se dio cuenta que no sabía una letra más, un significado más de lo poco que sabía antes de pedir su deseo.
Nuevamente decepcionado, el joven se enfureció. Tomó al genio por los hombros y lo increpó.
– ¿Qué clase de genio eres? ¡No haces nada bien! O escuchas muy mal o eres un verdadero incapaz – Simbad no paraba de gritar y zamarrear al genio.
– Te di lo que pediste mi amo – contestó el genio sin inmutarse ante la agresión del joven.
– ¿A esto llamas tu convertirme en un gran sabio? Casi me matas con la lluvia de viejos y pesados libros. No entiendo, no entiendo porque me has tenido que tocar tu como genio. Debe haber cientos por allí y vienes a tocarme tu ¡qué mala suerte la mia! – se quejaba Simbad.
– Si tu lo dices- contestó el genio con mucha calma – aún te falta un deseo ¿lo vas a desperdiciar por mis malos servicios? – preguntó.
Simbad quedó pensativo. Miró los ladrillos, los metales, los libros y realmente no sintió ganas de pedir su último deseo. Por otro lado, se dio cuenta que nada perdía con hacerlo. No había diferencia entre no formular su tercer deseo y hacerlo y no obtener nada.
Pensó entonces muy bien qué otra cosa deseaba. No he obtenido ni riqueza, ni sabiduría, ni una lujosa vivienda – dijo para si – tal vez tenga más suerte con el amor.
– ¡Quiero un amor! – Gritó – ¡Un gran amor! ¿Me entiendes? Me refiero a una bella mujer, que me ame como a nadie haya amado jamás y a la que yo ame de la misma manera. Un amor que dure toda la eternidad. Un amor sincero y único. Verdadero y grandioso. ¿Has comprendido bien? ¿Quieres que te lo explique una vez más?
Inmutable ante los gritos del joven, el genio dijo:
– Me temo mi amo, que no será posible, sin antes darte un corazón nuevo y ya serían cuatro pedidos, sólo estoy autorizado a concederte tres.
– ¿Quién te ha pedido un corazón nuevo? ¿Quién? ¡No necesito un corazón nuevo, sólo concédeme un amor, un gran amor y nada más! ¿Oyes?
– Sin un corazón nuevo, me será imposible concederte un gran amor. Te propongo algo, yo te concedo tu corazón nuevo y luego tu por tus medios, encuentras el amor, así funciona.
– ¡El que no funcionas eres tu, genio inútil! Maldita la hora que froté esa lámpara. Vete al demonio, tu, tus libros, tus cristales y tu corazón nuevo.
Simbad empujó al genio al suelo y salió corriendo del sótano, no sin antes patear la lámpara.
El genio se quedó en silencio, mirando cada uno de los objetos que yacían ene. Suelo. Vio todos los materiales que le había obsequiado a Simbad para que él construyera su casa. Hojeó los libros que le había dado para que, estudiando y con esfuerzo llegara a ser el gran sabio que deseaba.
Sintió lástima por Simbad. Pensó que el joven no había entendido jamás de qué se traba la vida y que tampoco había comprendido que, para lograr lo que se desea había que trabajar y poner lo mejor de uno mismo.
Ya era tiempo de cumplir los deseos de otra persona, volvió a su lámpara y deseó con todo su corazón tener mejor suerte la siguiente vez.

Fin


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