La casa del río

perrito mojado

La casa del río es uno de los cuentos de perros de la colección cuentos infantiles con rima del escritor Javier Cerdán Ruiz sugerido para niños a partir de ocho años.

“Andrés, el perrito”

Tras comer y dormir a pierna suelta,
Andrés, por la tarde, daba una vuelta.
Se acercaba con cautela a un riachuelo.
De pronto, se quedó parado. – ¿Qué huelo?

Inmóvil, y con el rabo muy tieso,
se dijo: – ¡no es posible! ¡si huele a queso!

Con cuidado, no tenía barandilla,
se puso a buscar cerca de la orilla.
Pero el olor era muy fuerte,
y al pequeño Andrés le falló la suerte.

Tropezó, se enredó con una rama,
resbalando, haciendo honor a su fama.
(porque ya todos saben que nuestro Andrés,
todo, pero todo, lo hace al revés)

Dando vueltas, cayó al río de espaldas.
– ¡No, no!, gritó, dando al aire patadas.

Era un río pequeño, pero profundo,
con mucha corriente. – ¡Anda, que me hundo!,
pensaba Andrés, todavía sorprendido
mientras por el río era sacudido.

¡El agua está helada! ¡O salgo o me muero!
Justo, ve pasar flotando un madero.
Pataleando, con un supremo esfuerzo,
apoyó en la corteza su pescuezo.

Ya flotando, miraba la corriente,
soñando con volver a estar caliente.
Mientras, cada vez estaba más lejos,
muy agotado y sin reflejos.

– Esto es el final. No puedo. Me canso.
Y sin saber cómo, llega a un remanso,
pero las orillas están distantes.
– Ahora sí, son mis últimos instantes.

Su pescuezo, del madero desliza,
pero sus patas no se hunden. – ¡Atiza!
No me lo creo. ¡Si piso con fijeza!
Muy cerca suyo asoma una cabeza,
con pelo muy duro y dos grandes dientes,
¡tan blancos! ¡y fuertes! ¡y relucientes!
que le sonríen y le saludan. – ¡Hola,
pequeño, lo que pisas es mi cola!

Soy Lucas, el castor. ¡Vaya, qué apuro!
Cuando te vi dije, ¡se ahoga seguro!
Pero vamos hasta la orilla, venga,
tu temblor hay que hacer que se detenga.

Lucas, muy diligente, un fuego enciende
y, raudo, Andrés, a lo largo se extiende
muy cerca de la salvadora hoguera.
Mientras, Lucas echa más leña, espera.

Y pasado un rato, Andrés, ya reacciona.
– Gracias, Lucas. ¡Vaya casa tan mona!
(comentó, fijándose en los maderos,
algunos cortados, otros enteros)

Lucas — Durante nueve años aquí he vivido,
buceando, nadando, feliz he sido.
Pero ahora mi casa quieren tirar
unos hombres que no paran de incordiar.
Quieren que la corriente baje fuerte.
Andrés — ¿A quién se le ocurre? ¡Qué mala suerte!
Este remanso es una bendición.
Lucas — Una pregunta, ¿gritas? ¿eres chillón?

Andrés — Tengo una voz tan grave y tan robusta,
que hasta a los tigres y leones asusta.
Lucas — ¡Ya será menos! Pero tengo un truco.
Yo no puedo gritar. Parezco un cuco.

Verás, ésta casa tiene salones,
túneles, pasadizos y rincones,
que amplían la voz hasta el infinito.
¿Qué te parece si das un grito
en cuanto aparezcan esos humanos?
Con un poco de suerte, ya que estamos,
pensarán que son fantasmas errantes,
e incluso alienígenas, ¡o mutantes!

Así lo hizo Andrés. Gritó, gritó y gritó,
hasta que el último hombre ya se alejó.
Su voz, tan grandemente amplificada,
era la de un alma mortificada.
Por allí nadie más volverá,
porque un perro grande esperando estará.
O, quizás, sea un espíritu malvado,
que se quedó en los troncos atrapado.

Lucas estaba loco de contento
saltando con Andrés. – ¡Jo, qué talento,
pequeño! Cómo chillas. ¡Qué pulmones!
¡Sí se han hecho caca en los pantalones!

Andrés – Tú, hace poco, de buena me libraste.
¡Fíjate, mira, si aún me tiembla el empaste!

En la hoguera, como buenos amigos,
brindaron y brindaron, sin remilgos,
por lo más valioso del mundo entero:
“tener cerca siempre un buen compañero”.

Fin

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