La tía Ricota

La tía Ricota. Licenciada Elena Lescano, psicóloga. Un cuento no tan cuento sobre los chicos en el divorcio de los padres.

Marianela entró en la casa, tiró la mochila sobre la mesa y empezó a desprenderse el delantal. Al darse vuelta vio a su mamá sentada en el sillón del rincón del living, que estaba muy oscuro.

—Hola, mami —saludó.

—Hola.

A Marianela le sonó rara la voz de mamá. Se acercó a darle un beso y vio que mamá se restregaba los ojos. Iba a preguntarle qué le pasaba, pero Leo entró como un tornado, según era su costumbre, gritando:

— ¡Primero para el baño! Marianela, rápidamente, contestó:

— ¡No, que yo llegué antes! —Y salió corriendo para hacer valer su derecho.

Cuando mamá les sirvió la media tarde, Marianela notó que tenía los ojos rojos. —Ha estado llorando —pensó. Pero no dijo nada. Leo, puro movimiento, tiró un vaso con agua. Menos mal que tenía poquita y que no se cayó al suelo.

— ¡Yo saco las tazas, mami! —dijo Marianela, sintiendo que mamá necesitaba que se portara especialmente bien. Después se puso a ver la tele, mientras Leo jugaba con la play.

—Hora de hacer los deberes —llamó mamá.

—No, mami, todavía, no.

—Dale, Leo. No hagas enojar a mamá

— ¡Y vos no te hagas la agrandada! —chilló Leo.

El domingo a la tarde fueron a casa de los Lelos. Estaba también la tía Ricota. — ¡Qué suerte! —Pensó Marianela—. ¡Con las ganas que tenía de verla! Pero la tía no le hizo mucho caso, mamá, ella y la Lela, se fueron a la cocina a tomar mate. Cuando Marianela fue a sentarse con ellas la sacaron zumbando.

—Anda a jugar con tu hermano, que nosotras tenemos que hablar… Marianela se ofendió. ¿Desde cuándo no me dejan estar con ellas? ¿Y de qué tienen que hablar que no quieren que yo sepa? ¿Tendrá que ver con los ojos llorosos de mamá? Vio que Leo estaba jugando con el Tobi; le tiraba la pelota y el Tobi corría como loco y se la traía.

Pero ella no tenía ganas de hacer eso. Fue y se sentó a ver tele. El Lelo se sentó con ella un rato y después le propuso:

— ¿Un partidito de escoba de quince? Y se pusieron a jugar. El Lelo le ganó, pero a Marianela no le importó. ¡Era tan lindo jugar a las cartas con el Lelo! Le contó un montón de cosas de la escuela y de sus compañeras y de la maestra… Pero no le dijo nada de los ojos rojos de mamá.

El martes papá llegó temprano. Marianela oyó que papá y mamá discutían en su dormitorio, pero no entendía lo que decían. De pronto, papá salió de la casa dando un portazo. A la hora de cenar no había vuelto.

—Ayúdenme a poner la mesa que vamos a cenar —dijo mamá.

Marianela preguntó, medio protestando:

— ¿Pero cómo? ¿No vamos a esperar a papá?

—No —dijo mamá, con un tono de voz que ni a Leo ni a ella se les ocurrió preguntarle nada.

El sábado mamá los llamó al living. Papá estaba sentado en un sillón. Mamá se sentó enfrente de él y les dijo: —Siéntense que tenemos que hablarles. Otra vez ese tono de voz tan raro, como enojada o triste. No era la voz de mamá. Marianela se palpitó un reto. ¿Qué habían hecho? Leo siempre hace lío, pero yo no…

—Bueno, dale —dijo mamá, mirando a papá.

— ¿Yo?

—Y sí, no les voy a decir yo lo que vos has decidido, ¿no?

— Está bien. Miren chicos, mamá y yo hemos estado discutiendo mucho últimamente, así que hemos decidido, he decidido que me voy a ir de casa por un tiempo. Marianela sintió que se ponía dura. ¡Era eso! ¡Se van a separar! Leo dijo:

— ¿Cómo que te vas? ¿Te vas de viaje?

—No, tontito. Te están diciendo que se van a separar —le contestó con rabia Marianela.

— ¿Separar? Noooo. ¿Por qué? ¿Cómo los padres del Lalo? ¿Y nosotros? —Leo largó todas las preguntas juntas con una voz que parecía que se caía debajo de la mesa.

—Uds., nada —dijo papá. Uds. se quedan acá con mamá. Yo me voy a alquilar un departamentito y los fines de semana los vengo a ver…

— ¿Por qué no les decís que te vas a alquilar un departamentito para vivir con tu novia?

—Alicia, por favor. No nos peleemos delante de los chicos…

—No, si yo no peleo. Sólo digo que les cuentes la verdad…

Leo se abrazó a papá llorando.

— ¡Pero no quiero que te vayas! ¿Ya no nos querés más? ¿Es porque yo me porto mal? ¡No te vayas, papi!

Marianela seguía inmóvil. Y sentía una rabia que le crecía por dentro y que parecía que la iba a hacer explotar. Por eso estaba quietita, para no tirarse al suelo pataleando o tirar todos los adornos del living contra la pared….

Un sábado por la tarde, tres meses más tarde, estaban tomando el té en casa de los Lelos y llegó la tía Ricota, trayendo su famosa tarta.

— ¿Cómo están mis sobrinos favoritos?

—Si somos los únicos —dijo Marianela de mal humor.

—Hmjum… Parece que no está el horno para bollos.

— Tía —dijo Leo—, ¿cómo es que vos te llamás igual que la tarta?

Todos se echaron a reír y Leo no entendía cuál era el chiste.

—No, Leíto, no. —Dijo el Lelo—. Ella no se llama Ricota, se llama Marta. Ese es un sobrenombre que tu hermana le puso cuando era chiquita. Tu tía siempre traía esas tartas exquisitas que a todos nos encantan y Marianela, como hablábamos de la tarta de ricota, se creyó que así se llamaba la tía. Como a todos nos hizo gracia, la seguimos llamando así.

—Claro, ¿y yo qué soy? ¿El hijo de la pavota? ¿Por qué nadie me explicó? —protestó Leo.

— ¡Todo hay que explicarte a vos, porque sos re tonto! ¡Tenés siete años! ¿Cómo vas a creer que la tía se llama Ricota de verdad?

—Marianela, no trates así a tu hermano! —la retó mamá.

— ¿Por qué no? Si es un pavo…. Marianela se levantó y se fue a ver tele, antes que la siguieran retando. Prendió la tele, pero no veía nada porque tenía los ojos llenos de lágrimas. La tía vino y se sentó al lado de ella. No dijo nada, sólo le acarició la cabeza. Y Marianela largó el llanto.

Ya habían pasado seis meses desde el día que papá se fue. Había dicho que los domingos los iba a buscar e iban a hacer algo lindo como ir al zoológico, o al cine, o al circo. Al principio, venía todos los domingos. Pero después empezó a fallar. Primero, les hablaba por teléfono y les decía que tenía mucho trabajo, o que se la había roto el auto.

Y mamá decía:

— ¡Qué trabajo ni que ocho cuartos! Es que quiere estar todo el tiempo con su noviecita…

Después, a veces, se olvidaba de avisar y ellos se quedaban esperando, con la cara larga. Y mamá decía como hablando con ella misma, pero fuerte para que la escucharan:

—Claro, si ya ni se acuerda que tiene hijos”.

Un día Marianela dijo:

—Mamá necesito una carpeta nueva porque vamos a empezar un proyecto grupal en la escuela y tenemos que hacer muchos resúmenes.

—Mi hijita, pídasela a su papá. A mí la plata no me alcanza.

—Pero papá dice que te da plata para que nos compres todo lo que necesitamos…

— ¿Eso dice? ¡Mira vos! Pues anda sabiendo que no es cierto y que este mes no me ha pasado ni un peso. Estoy manteniendo la casa sólo con mi sueldo. ¡Y no me alcanza! —dijo mamá, con voz como ladrido de Tobi.

Un día en que papá los dejó plantados, estaban los Lelos con ellos. La Lela con mamá empezaron a hablar mal de papá. Marianela trataba de no escuchar, pero sin querer oía.

—Mirá si será cretino. Tenés que demandarlo. No puede ser que tengas que romperte así para que el señor se dé la gran vida. Tenés que hacerlo por los chicos. Mirá, si tienen unas zapatillas que parecen de chicos de la calle —decía la Lela.

Y mamá:

—Es que no quiero más peleas.

—Hija — intervino el Lelo—, yo te puedo ayudar.

— ¿Ayudar? ¿Con lo que cobrás de jubilación? ¿Y para qué para que ese avivado se gaste la plata en vacaciones con la niña? —saltó la Lela.

—Gracias, papá. Pero mamá tiene razón. A Uds. tampoco les alcanza y el que tiene que hacerse cargo de sus hijos es él. Marianela no aguantó más y se fue a la vereda a jugar sola a la rayuela.

Todos los domingos se vestían por las dudas que papá viniera. A veces venía, pero a veces no. Y cuando venía, mamá le decía de todo:

Que sos un irresponsable, que qué te creés, no sólo no me pasás plata para los chicos sino que los dejás plantados, que sabés cómo se quedan de mal… y dale y dale.

Y papá les decía:

—Chicos, me cuesta mucho venir porque cada vez que vengo mamá me da la lata. ¡Yo no sé qué quiere! ¡Nada le alcanza! ¡Tiene celos de Rosana!Y no aguanta verme contento…

– Marianela —preguntó una vez Leo, con un hilito de voz —, ¿Quién tiene razón? ¿Papá o mamá? Marianela se enterneció. Pobre Leíto. Y ella que a veces lo trataba tan mal.

—No sé, Leíto —contestó con voz triste—. Y lo abrazó.

Llegó el verano, la parra daba una sombra hermosa y tenía unos racimos inmensos.

—Marianela, por qué no te cortás unas uvas para comer esta tarde con los Lelos y la tía.

— ¡Ah, viene la tía! —se entusiasmó Marianela. Y ahí nomás puso la escalerita y cortó montones de enormes racimos. La tía llegó con su histórica tarta. Y los Lelos trajeron facturas.

Todos juntos jugaron a las cartas. Todos estaban contentos. Parecían los viejos tiempos. Tía Ricota dijo:

—Hermana, quedate de hija única un rato. Yo me llevo a tus chicos a dar una vuelta por el parque, ¿OK? Se estacionaron al lado del lago.

— ¿Nos bajamos a dar de comer a los patos, tía?

—No, esperen un poco. Quiero charlar con Uds. Quiero saber cómo la están pasando con la separación…

—Mal —dijo Leo rápidamente.

—Sí, mal —confirmó Marianela—. Cuando se ven, se pelean y los dos nos ponen quejas a nosotros….

—Hmmm. Y mal ¿qué quiere decir? Hay muchos sentimientos distintos cuando estamos mal. Puede ser miedo, puede ser rabia, puede ser tristeza…

— ¡Yo tengo todo! —soltó Marianela. A veces me da una bronca contra papá porque se fue; otras veces me enojo con mamá porque siempre se hace la víctima. Y me da pena; cuando pienso qué felices éramos antes que apareciera esa tipa, me da una pena…

—Sí, a mí igual. Y también tengo miedo que papá se olvide de nosotros y no venga más. O que tenga otros hijitos y ya no nos quiera a nosotros.

—Sí, es difícil cuando los papás se separan —afirmó la tía. Y si se pelean, peor…

— Pero, ¿por qué se pelean, tía? —Preguntó Marianela

—. ¿Por qué no pueden ponerse de acuerdo? Si en la escuela nos enseñan a resolver los conflictos dialogando, ¿por qué ellos no lo hacen?

—Se pelean porque ellos también están un poco mal; también tienen rabia, y miedo y pena…. Y, a veces, cuando la gente está mal, no puede pensar muy claramente y entonces pelea. Es una forma de tratar de quitarse el malestar…

—Pero es peor tía. Cuanto más pelean, peor están. Peor estamos todos.

—Sí, es peor. Pero, saben qué, con el tiempo todo esto va a pasar y…

— ¿Y van a volver a vivir juntos?

— No, Leo. No creo.

— ¿Por qué se separaron, tía? ¿Fue por culpa mía, porque me portaba mal?

— No, mi amor. Nada que ver. Vos no tenés nada que ver…

— Claro que no —terció Marianela—. ¡Fue por esa desgraciada de la Rosana que lo engatusó a papá!

—No, Marianela. Esas son palabras de tu mamá. Ella cree que es así. Pero no es así. Ellos se fueron distanciando con el tiempo. Eso les pasa a muchas parejas. Al principio se quieren mucho, pero después empiezan a no saber cómo convivir y se van sintiendo cada vez más apartados. Y si la pareja no está bien, cualquier excusa es buena para romper, como que aparezca un novio o una novia… Y te digo otra cosa, sobrina. Tu papá no es un tonto que cualquiera lo vaya a engatusar. Y Rosana no es una desgraciada. Puede gustarte más o menos. Nadie te obliga a quererla, pero es la compañera actual de tu papá. Y tenés que respetarla.

Marianela se sintió impresionada por este discurso de la tía Ricota, porque lo dijo muy seria y convencida. Quiso protestar un poco:

—Pero mamá dice que toda la culpa es de Rosana…

—No, sobrina. Tu mamá dice eso porque está muy dolorida con tu papá y no quiere ver que ella también contribuyó para que él se fuera.

—Pero, entonces ¿vos decís que es culpa de mamá?

— No; primero que no es “culpa” de nadie. Pero sí digo que los dos son responsables de no haber sabido cuidar la pareja. Y que cuando lo dos entiendan eso, se van a calmar y todos van a estar mejor.

—Y, ¿cuándo tía?

—No, sé. Ármense de paciencia porque puede llevarles mucho tiempo. Pero Uds. pueden ayudar. ¿Saben cómo? No se pongan de un lado ni del otro; cuando papá o mamá les diga algo contra el otro, piensen siempre que el otro, seguro, seguro que ve las cosas distintas. Pero no les discutan, no se metan a defender a uno o a otra. Déjenlos que ellos arreglen sus problemas y Uds., dedíquense a sus cosas y pásenlo lo mejor que puedan con cada uno…

—Bueno, ¿y si ahora vamos a dar de comer a los patos? —dijo Leo, entusiasmado. Los tres se rieron.

—Sí, Leo. Esa es la idea. ¡Disfrutemos de este paseo!

Fin

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Licenciada Elena Lescano – Psicóloga

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