Los sueños del rey

Los sueños del rey

Los sueños del Rey . Lydia Gimenez Llort, escritora española. Ilustración de Fernanda Forgia. Cuento perteneciente a la Antología de EnCuentos por los Derechos del Nño

“Los niños tienen derecho a la salud, la alimentación y la nutrición, la educación, la protección contra el descuido o el trato negligente, a conocer y disfrutar la cultura, a la libertad, a vivir en la paz mundial y en la armonía”.


Una tarde de Agosto nació en Palacio un pequeño infante. Tenía la mirada dulce y la sonrisa de un ángel. Su corazón era tan puro que latía melodía. Todos a su alrededor reconocieron en él a su futuro Rey.

Y es que en sus primeros pasos, el pequeño príncipe ya mostraba el talante de un monarca y se entreveía en él que la bendición de los Dioses le había colmado de dones.

La tirana conspiración de otros reyes quiso que el trono quedara huérfano y el pequeño príncipe, aún demasiado joven para convertirse en Rey, fue coronado y tomó el cetro.

Pero al sentarse en su trono, pronto descubrió que la corona pesaba demasiado; con ella era imposible correr y jugar, ir detrás de una pelota sin riesgo a que cayera o mirar al cielo tranquilamente estirado en los jardines de palacio.

_Los Reyes no juguetean con animales, mi señor-le replicaba el Consejero real.

_ Los Reyes no besan a los niños de los vasallos- añadía el Consejero en la siguiente ocasión.

_¡Los Reyes no saltan cantando! – le decía desesperado cada dos por tres.

_ ¡Por Dios, mi Señor, los Reyes no escriben poemas, los Reyes no sueñan!-dijo el Consejero antes de darse por vencido.

Aún así, la lealtad y el amor por su pueblo estaban por encima de todas las cosas, y asumió como su deber pasar sus años de infancia renunciando a lo que significa ser niño para, a cambio, poder ofrecer audiencias, escribir tratados y recorrer todas las tierras del reino.

Su ángel de la guarda viendo que el trono le estaba quitando el regalo de la verdadera infancia, ascendió al cielo para exponer el caso y suplicó que le concedieran un pequeño don a su protegido.

Aquel mismo día, en mitad de la noche, el pequeño Rey despertó suavemente, se asomó a la ventana de su torre almenada y mientras miraba la luna sintió una extraña ligereza … Instantes después notó el frescor de la noche en su cuerpo y vio pasar el río por debajo de sus pies…

Y así, cada noche, sentado en la luna menguante o creciente, caminando sobre ella cuando era luna nueva o jugando al escondite tras de ella cuando era llena, contemplaba complacido todo su valle. El sentimiento de libertad y placidez era tal como nadie jamás hubiera podido imaginar y desde allí, solamente desde allí, se sentía el más feliz de los Reyes, sin la carga de la corona.

Descubrió por casualidad una noche que los silencios son los únicos que dejan oír los llantos y no hay ruidos que enmudezcan los sigilosos rezos.

Y fue así como podía, cada noche durante ‘aquellos mágicos sueños’, averiguar en qué hogar pasaban pena o necesidad, para, a la mañana siguiente poder presentarse personalmente cargado de lo que aquella casa había de menester.

_Los niños enferman porque tienen hambre y porque están tristes. Carguen tres carruajes llenos de comida, otros tres de juguetes y construyan un Hospital- dijo el Rey una mañana.

_Para que los niños quieran el reino, necesitan saber un poco más de su cultura y disfrutar de ella. A partir de ahora celebraremos un Festival Infantil de Verano y les invitaremos a Palacio para festejar mi cumpleaños- ordenó el Rey la mañana siguiente.

_¿De dónde vinieron esos soldados? ¿Si están para la paz por qué quieren guerra?- recriminó el Rey al General de sus tropas.

_En el reino que hay más allá del valle se ha librado una batalla. Envíen provisiones de medicinas y comida, mantas, zapatos y antes de regresar asegúrense que han visto reír a un niño- pidió el Rey después de una noche llena de tristes lamentos en la lejanía.

Y así, el joven Rey ordenaba con tanta intuición y acierto que pronto ‘los sueños del Rey’ se convirtieron en la voz de la sabiduría y en un halo de esperanza para todas sus gentes.

Desde la Corte del Rey hasta el más humilde vasallo todos encontraban en las palabras de su Rey la nobleza y bondad que todos los reyes deben tener.

Y él, el joven Rey se sintió por fin comprendido cuando su ex-consejero entró en Palacio, se arrodilló a sus pies y delante de todo su séquito le dijo:

_ Su Alteza Real, con humildad le suplico el perdón. No supe ver que su Majestad también necesitaba tener una infancia. Le ruego acepte mi arrepentimiento como signo de lealtad y me permita seguir a su lado, para poder aprender de los sueños de mi Rey.

Fin

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