Hermanos Tobas de Yecthakay

Hermanos Tobas de Yecthakay: a soñar y a crecer…¡bajo techo!

Queremos compartir con todos ustedes la inmensa alegría que sentimos por haber comenzado a cumplir un ansiado sueño: los chicos de la Comunidad Yecthakay ya no tendrán que estudiar, alimentarse y soñar a la intemperie. Una nueva etapa llena de posibilidades y desafíos se abre para nuestros hermanos Tobas y, con ellos, para todo Manos por Hermanos.

Tiempos de cambio, de comienzos y de desafíos estos tiempos en Manos por Hermanos. Tiempos que vienen revueltos, mezclando llegadas y bienvenidas que marcarán por siempre la vida de algunos de los más queridos de nosotros (Ver sección “Va por Ellos”) con una exposición bajo las luces del show televisivo que nos tiene con alguna esperanza pero con mucha confusión, también. Aprendiendo a pasos acelerados qué es eso de priorizar objetivos por sobre opiniones e, incluso, algun sentimiento de incomodidad.

Incomodidades, amigos, que me resultan esperables, para quienes nos sentimos más en nuestro medio aprovisionando la huerta horgánica de Pacheco o cargando y descargando una impescindible cocina industrial (donada por Livio, un nuevo gran amigo) para llevarla al Comedor Manos Unidas porque de la vieja, cada vez que Esther prende los quemadores, escapan lenguas de fuego por dos de los cuatro costados, denunciando que ya han sido demasiados los platos cocinados, las ollas calentadas y que ya es necesario remplazarla.

Pero de esas historias, del frío de los estudios de televisión acondicionados, mezclado con el calor sofocante de los focos cuando apuntan hacia donde estamos, de las historias de una ya nada sorprendente aparición de un amigo de esos que casi ni esperamos para que Esther pueda seguir cocinando, de ésas y de otras “cocinas” que se van agitando, les contaremos en los próximos boletines. Espero.

Porque hoy queremos compartir con todos ustedes otra gran alegría, para todos aquellos que de este y del otro lado (iba a escribir “de estas páginas”, pero en verdad es, más bien, del monitor), para todos aquellos que compartimos hace ya un tiempo eso que fue la decisión de que los hermanos tobas del Barrio San Lorenzo de El Talar pasaran a ser parte de esta incansable búsqueda de unir necesidades con ganas de dar y de hacer.

Yecthakay, a corazón y a cielo abiertos

Para llegar a la Comunidad Toba “Yecthakay” hay que atravesar largas calles de tierra, tan descuidadas como todas las calles del Barrio San Lorenzo. Si es época de precipitaciones, la lluvia trae mucho barro y éste se adueña del vecindario y lo vuelve prácticamente inaccesible. No pocas veces quedamos ahí, varados, con la rueda del flete de turno encajada en un surco profundo de lodo, y hubo que “arremangarse”, bajarse y empujar, para llevar las bolsas de fideos, de harina, los cuadernos y gomas de borrar a los angelitos que nos esperan con las botamangas marrones y con el alma arremolinada.

En alguna nota anterior les mostramos y les contamos cómo se cocina, se estudia y se juega sin protección alguna contra esas inclemencias del tiempo, “a cielo abierto”. Se podría decir “sin techo ni paredes”; sería una pintura más realista. Cuando las nubes vuelcan su mojado hartazgo, podrán imaginarse, no son sólo los transportes o las actividades de los voluntarios las que se vuelven más, por decir así, “peliagudas”.

Lo cierto es que cada chaparrón relativamente prolongado (ni qué decir cuando van dos días de tormenta o cuando, en el invierno, el frío mojado se hace un puñal que lacera los huesos no importa lo que hagamos) repercute en la continuidad de muchas tareas diarias de las familias de la Comunidad, para las cuales el espacio común tiene la fisonomía que recuerda la de sus comunidades de origen, allá en Chaco o Formosa, con un rosario de casillas desbordantes de precariedad, dispuestas alrededor de un terreno central que es el corazón de la vida colectiva. Afuera, bajo los árboles.

Aquí, en San Lorenzo, a más de mil kilómetros de los caseríos de origen, en este patio al mismo tiempo tan vivo y tan desprotegido (quizás una imagen de otros latires igualmente desatendidos de tantos y tantos niños y de tantas familias originarias en todo nuestro, su, país)… En este corazón de tierra bordeado de casillas se desenvuelve, cada día, el encanto de la vida comunitaria.

Reuniones, clases de apoyo escolar, talleres de artesanías, y el mismo Merendero y Comedor, hasta hoy, vienen funcionando sin reparo de las inclemencias del tiempo, sin resguardo de las agujas del invierno o de los lenguetazos sofocantes de los veranos igualmente impiadosos.

Pero cuando llueve, estamos en problemas. Los días de lluvia ponen a prueba la flexibilidad y la capacidad adaptativa de Nieves y de las demás mamás en la cocina bajo las hojas del árbol, como así también hace crecer dotes de malabaristas en los voluntarios que corremos de aquí para allá trayendo pilas de platos, cuadernos, témperas, al son de los comienzos o reanudaciones de los chubascos.

No son pocas las veces en que los pibes se apiñan bajo el alero desvencijado de la casa de Nieves, esperando a que pare un poquito para servir la comida o la leche. Otras veces hay que resignarse y entonces hay que apretarse ahí mismo y chocar codo con codo tratando de que no se deshagan las galletitas, que no se vuelque la taza de sopa. O tienen que apurarse a terminar los fideos o la chocolatada, porque la lluvia se anuncia cercana. Otras veces, somos nosotros y las mamás las que tenemos que transformarnos en pulpos para preparar y embalar las viandas, porque la cosa está demasiado complicada y no queda otra que repartir la comida para que se la lleven a sus casas, sorteando charcos o, la mayoría de las veces, sin sortearlos y atrevesándolos así, con el agua subiendo por sus pequeñas pantorrillas.

Pero cuando esa es la única opción y todos corren a sus casas con sus paquetitos de comida caliente, no podemos deja de lamentar que el mal tiempo nos haya hecho perder ese momento único con ecos ancestrales de la reunión comunitaria a la hora de comer todos juntos, que hace tan distinta y especial la vida de nuestros amigos de Yeckthakay y la tarea de todos nosotros.

Cuando, por el contrario, los cielos no se enojan, florcen debates, soluciones y preguntas, anécdotas graciosas y “gastadas” varias que llenan esos preciosos momentos que nuestros hermanos nos invitan a compartir, cuando la larga mesa de madera reciclada y precaria desborda de vida y sirve de escenario a una sucesión interminable de historias. Emociones, alegrías y tristezas, todo se comparte. Silencios, silencios profundos como las miradas del que sufrió por muchas generaciones y sabe verdaderamente cuáles son las cosas que vale la pena cuidar.

Precario pero fuerte, fuerte como los árboles del monte lejano pero siempre presente. Así es casi todo en la Comunidad. Humilde pero lleno de historia. Un espacio tranquilo, donde más allá de las estaciones del año, Nieves, Don Juan, Isabel, Legui, Marcos y Lucas, Los Calé, Don Eugenio, y tantos otros hermanos avanzan, no bajan los brazos, intentan reconstruir un pasado pisoteado y destrozado para pintarlo nuevamente, llenarlo de fuerza, de unión y de esperanza. Ellos perciben nuestra caritas de porteños algo frustrados cuando la naturaleza se porta mal y nos pasa por agua momentos de de vida en común tan únicos para nosotros y tan sabidos para ellos. Con la paciencia de quien sabe por sangre cómo convivir con la naturaleza, nos sonríen y nos alargan un amargo, a modo de consuelo.

Y llegó Fernanda; y llegó Ezequiel

Pero bien, durante todo el año pasado no hubo prácticamente semana en que en las reuniones de los voluntarios no se recordara la necesidad acuciante de que, respetando siempre y ante todo los hábitos de la Comunidad, pudiéramos construir un espacio amplio y techado para avanzar con los proyectos, las ideas y las ganas de hacer cosas para todos los chicos y las familias de la Comunidad.

No hubo que convencer a ninguno de los voluntarios. Para todos, incluídos aquellos que no tienen tareas en Yecthakay sino en La Cava, en Padua, en Las Tunas, en Constitución… en cada lugar a los que llegamos, para todos era claro que Yecthakay debía contar, como todos los Comedores, con un espacio físico adecuado.

Pero esta vez sí que las cuentas no cerraban. A decir verdad, cerraban mucho menos que siempre. No había manera de “afinar el lápiz”. Como si fuera poco con el geométrico aumento de los costos de mantener nuestras tareas habituales, había que considerar también el disparatado incremento en los materiales de construcción. Por la mano de obra no nos preocupábamos: había y hay demasiados brazos y corazones fuertes dispuestos a hacerse cargo de su propio futuro. Pero aún así no había manera y esta vez sí parecía que algo tan imprescindible y básico iba a quedar como un lindo sueño a realizar pero teñido de imposibilidad o, al menos, de incertidumbre hasta que… hasta un “cuándo” que, para ser sinceros, ninguno de nosotros avizoraba.

Pero ya estamos acostumbrados. En Manos por Hermanos el “cuándo”, el “cómo”, siempre lo ponen ustedes. No sé bien decirles por qué, pero siempre ha sido así. No importa cuán grande parezca el salto que hay que dar, cuán lejos parezca la orilla, ahí siempre aparecen unos angelitos de carne y hueso sosteniendo nuestro pie en el vacío, dándonos la fuerza que hace falta para seguir y llegar.

Y esta vez los angelitos se llamaron Fernanda y Ezequiel. En verdad, la secuencia fue como sigue: hasta que llegó Fernanda hasta la puerta de nuestra Asociación, todo se limitaba a un casi imposible; cuando mucho, un objetivo a largo plazo. Fue su gesto generoso el pilar sobre el que se edificó esta nueva etapa de Manos por Hermanos y de la Comunidad Yecthakay. Fue el tibio empujón que tanto necesitábamos para poner a rodar la maquinaria, ahora con un puerto que comenzaba a dibujarse en el horizonte.

Entonces llegó Ezequiel, y este nuevo ímpetu nos sirvió para terminar de darle forma y terminación al proyecto, seguros ahora de que tanta coincidencias de voluntades puede ser de todo menos casualidad; que es, ante todo, un compromiso.

Claro está que tuvimos todos los cuidados para no entusiasmar a los hermanos de Yecthakay hasta no tener todo resuelto, con convenio de acopio de materiales en un corralón de la zona incluído. Valió la pena la espera, el celo casi excesivo. Porque aquella mañana en que al fin compartimos la buena noticia, aquella mañana mágica… Sé que no voy a poder pintar con palabras esa constelación de miradas como estrellitas brillantes que se nos iban acercando mientras contábamos. Miradas desbordantes de emoción, agradecimiento y, por sobre todas las cosas, orgullo de haber logrado dar un pasito más, un inmenso pasito más para ganarle a una realidad que podrá ser todo lo despiadada que sea, pero que nunca podrá con la fuerza y la unidad que corre por la sangre de nuestras hermanas y hermanos.

Quisiera ser el escritor que ya no seré para encontrar los adjetivos que pudieran llevarles la imagen de un hombre de la Comunidad, deshecho en lágrimas de agradecimiento y de emoción. Ustedes, nosotros, todos sabemos que no hay nada que agradecer. Porque, sencillamente, pocas veces en todos estos años hemos estado así de felices.

Construyendo juntos

A partir de entonces, comenzó el trabajo hombro con hombro con la Comuinidad, porque lo que había nacido, tomado forma, era un proyecto muy sentido, propio de la Comunidad. Nada más claro cuando las primeras horas de cada mañana de domingo veía multiplicarse los brazos que juntaban los primeros ladrillos y tirantes que los voluntarios y hermanos de la Comunidad traíamos incesantemente desde el corralón, como hormigas laboriosas.


Se acercó también un arquitecto amigo, que nos dio una idea general sobre qué hacer. Pero, otra vez, el diseño definitivo fue obra de la misma Comunidad, de sus orgullosos varones que pusieron para ello no sólo todo su amor y su alegría adusta, sino también sus conocimientos de años de trabajo en la construcción con los vaivenes que todos conocemos.

Asi, se pensó en conjunto el Comedor y Merendero en primer lugar, para armar la mesa larga (esta vez sí), llueva o truene. Con entusiasmo, todos los miembros de la Comunidad que se daban maña con la construcción se hicieron tiempo los fines de semana para empezar a levantar las paredes de este futuro lugar para los más pequeñitos de la Comunidad y el barrio. Vale aclarar “el barrio”, porque el Comedor y Merendero abre sus puertas y su alma a todo el barrio, a todos los niños que, cada día, cambian sus pancitas vacías por un plato de comida calentita que hace que Nieves se gane un envidiable premio de besos y abrazos.

Y a no creer que esto fue cosa de los varones: con su fuerza y su experiencia compitió el tesón de las mujeres de la Comunidad, incansables cargadoras de carretillas de arena las más jóvenes, secundadas por las más mayorcitas que hicieron gala de grandes cebadoras de amargo o de amasadoras de tortas fritas para hacer más liviana la tarea de las trabajadoras y de los trabajadores.

Durante los fines de semana, cuando el tiempo travieso lo permitía, se armaron sucesivas jornadas de trabajo. Legui marcó el terreno, y pensó cada detalle, para que este lugar sea cómodo y funcional. Pero lo más importante, en realidad, es lo que empezaron a soñar entre todos, imaginando el lugar terminado. Cada ladrillo significó nuevas ilusiones. “¡Podemos armar una biblioteca!”, dijimos con los voluntarios de apoyo escolar y unas mamás. “Sí, claro, yo tengo muchos libros guardados pero no tenemos espacio para que los chicos los tengan ordenados y a mano para consultarlos.”, dijo Nieves, y ya teníamos confirmado el lugar destinado a la futura biblioteca.

Mientras se construía se imaginaba y se proponía. Lo que comenzó siendo un lugar destinado, en principio, al Comedor y Merendero, fue cobijando cada vez más y más proyectos. Aún no terminamos de colocar las aberturas y ya hay espacio para hacer posibles viejos y nuevos deseos colectivos. Desde una feria de alimentos hasta un ropero comunitario, se multiplican posibilidades antes impensadas, iniciativas repletas de promesas para fortalecer lazos y paliar necesidades o cumplir sueños de toda la Comunidad.

Ningún ejemplo mejor de lo que trato de contarles que el de Nieves, la mujer-pilar de Yecthakay. En medio de las clases de apoyo y de un recreo en las tareas de construcción, nos comentó que desde hacía un tiempito, en silencio, estaba empezando a estudiar para aprender a leer y escribir, una deuda pendiente con sus sueños primeros, allá en el Norte.

En su Chaco natal, de pequeñita, la educación fue, como para tantos niños de nuestros pueblos originarios, una quimera inalcanzable. Más grande, logró que una maestra de sus hijas comenzara a darle clases en su casa, pero una serie de complicaciones impidieron a la maestra seguir dándole clases, y esa vez Nieves pensó que era la última. Hasta que la construcción del Comedor y Merendero volvió a abrir esa ventanita luminosa, hasta que Fernanda, Ezequiel y todos, todos, abrimos esta nueva ventanita que ella no va a permitir que también se cierre.

No podía ser otra que la misma Nieves quien propusiera que uno de los usos principales del nuevo salón sea la de darle un impulso definitivo a la alfabetización. Porque, ya te contamos, acá todo se comparte. Antes que nada, estos rayitos de luz. Es por eso que esas miradas como la de Nieves que ya se conmueven imaginándose cómo será posarse otra vez sobre un libro, pero ahora en el Comedor y Merendero de todos, el que ahora da techo y cobijo a muchos sueños como el de ella…. Es por eso, les contaba, que esas miradas incansables que aman la vida y no dejan de empujarla hacia un lugar mejor nos llenan de fuerza para seguir apilando hileras de ladrillos.

Pasaron los meses y mucho, mucho trabajo. Varias lluvias inoportunas restaban mucho del poco tiempo libre los fines de semana, pero seguimos adelante. Hoy ya estamos a punto de hacer el techo y colocar las ventanas. Muchas veces nos ataca la ansiedad de ver todo terminado, de estar compartiendo con tanta alegria miles de encuentros bajo ese techo albergando ilusiones y dándole forma y vida a las ideas. Ya falta poco, y eso nos hace trabajar más duro y constante. Insistente llamados a los pacientes dueños del corralón a ver si ya llegaron los hierros, las ventantas… Amigas y amigos que siguen aportando con cosas que faltan, que hoy nos traen una puerta, mañana una ventana, al fin de cuentas: nuevos lazos que crecen y se fortalecen para concretar este proyecto.

Amigos como Seba, el “profe” de apoyo, fiel voluntario que desde hace ya más de dos años no se cansa nunca de aportar su amor, su alegría y su esfuerzo. “¡Tengo una noticia!”, les dijo un sábado a los chicos en una pausa de la clase. “Ni bien tengamos el salón listo voy a traer una compu para que empecemos a aprender computación todos!”

“¡Buenisimo!”, dijo Noelia (la voluntaria de hierro que se pone al hombro todo o casi todo lo que Manos por Hermanos acerca a la Comunidad), y ya sus ojos se relamían por anticipado con toda la alegría que esta nueva iniciativa le va a traer a todos esos chiquitos que la esperan tempranito y se le cuelgan con bracitos llenos de amor y ternura, para caminar hasta el que hasta el comienzo de las obras fue un patio donde, a pesar de no contar con techos y paredes, se abrigaron sueños que hoy ya pueden mirar de frente.

Eugenio, un hombre mayor de la comunidad, mientras mira emocionado a sus nietos hacer la tarea, nos cuenta cuando tenía la edad de ellos, en Formosa, tenía que andar 4 kilómetros para llegar a la escuelita rural más cercana. Muchos obstáculos tenían en aquel tiempo para ir a estudiar, y por más que lo desearan, a veces se les hacía imposible, nos cuenta. Ahora los chicos tienen una gran oportunidad. Lo sabemos. Y créannos que hasta los más chiquitos lo saben.

Por supuesto, Eugenio también quiere estudiar, y se suma al proyecto de alfabetización para adultos con entusiasmo. Y nos convencemos de que más que poner un techo, o paredes o ventanas, lo que estamos haciendo es preparar un campo fértil.

Si algo caracteriza a los hermanos originarios es el impulso a devolver a otros, a la Comunidad, algo de lo que la generosidad y cercanía de los otros les facilita. Eugenio propone, entonces, que si él va a leer y escribir gracias a todo este esfuerzo, que contemos con él para enseñar a las nuevas generaciones la lengua Toba. Noelia, emocionada con tanta primavera, pone toda su pasíón de voluntaria y se comprometa a conseguir el material de estudio necesario para que Eugenio pueda trasmitir sus conocimientos y para que los niños de la Comunidad no pierdan una parte tan rica de su propia cultura. Un campo fértil, sin dudas.

“Ñaqpiolec”: para ellos, todo

Una mañana de sábado, hace poquitos sábados, nos esperaban todos reunidos, hombres y mujeres, niños y grandes, alrededor de la mesa sobre la que Seba y Noe se aprestaban a comenzar la clase de apoyo de siempre. No sabíamos bien de qué se trataba, pero estaba claro que era un momento solemne y feliz que querían compartir con nosotros. Uno de los referentes de la Comunidad se adelanta y nos dice que el Comedor y Merendero se va a llamar “Ñaqpiolec”, que significa “Niñas y Niños”, y ya no hace falta que nos explique que es porque es para ellos que es todo este amor, todo este esfuerzo. Nos sentimos honrados y emocionados. Porque nos han hecho suyos, a todos nosotros. No nos informan el bautismo de una construcción, nos regalan el nombre de un mundo por venir, como una ofrenda. Estamos inmensamente felices.

Pasó mucho y muy poco tiempo desde que comenzamos este hermoso camino compartido. Las cosas se fueron acomodando, los amigos se fueron acercando. Todo comenzó cuando vino Fernanda, que nos convenció de que valía la pena que nuestros sueños soltasen amarras; y enseguida estuvo ahí Ezequiel para que nos convenciéramos de que sí era posible. Andrea, Seba, Noelia… nombres nuestros que ya son de ellos, que están grabados para siempre en la historia de la Comunidad Yecthakay de El Talar. Lazos inquebrantables.

Gente común, nada más y nada menos que eso; porque es la gente común la que podrá destejer siglos de odio, incomprensión e injusticia.
Ese ramillete de casas alrededor del espacio común ya no será el mismo. Ya no habrán manitos congeladas apretando un plato mojado ni clases que se suspenden como si hubiera tiempo para una sola postergación más. La Comunidad se quiere viva.

Manos por Hermanos tampoco será igual a lo que era. Nieves, Legui, Eugenio… nos han crecido nombres como una segunda piel.

“Ñaqpiolec” es el nombre del mañana. Hacia allí seguiremos caminando, siempre juntos.

Pablo Muggeri

 
Coordinador de Manos por Hermanos

http://www.manosporhermanos.org

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