El vuelo de la Paz – Día Internacional de la Paz

“El vuelo de La Paz“. Lydia Giménez Llort, escritora española. Video Cuento Día Internacional de la Paz.

Mientras cenábamos, las imágenes en el telenoticias de una plaza abarrotada de hombres y mujeres, aglomerados a pesar de la intensidad de la lluvia, me hicieron romper a llorar.

_ ¿Por qué lloras, mamá?_ me preguntó mi hija sorprendida al verme llorar por una celebración donde sólo se veían paraguas.

No recuerdo qué le contesté, sólo sé que no encontraba las palabras. No sabía realmente cómo expresar la emoción que se siente al sentir “el vuelo de La Paz’.

Ella, con escasamente 7 años recién cumplidos, todavía inmersa en su infancia feliz, no alcanzaba a relacionar La Paz con otra cosa que no fuesen los ángeles y la estrella de Navidad. Porque desde siempre, La Paz estaba rodeada de buenos deseos y bondad: “Mucha Salud, Paz, Amor y Felicidad”, “Feliz Noche de Paz”, “Paz a los hombres de buena voluntad”. Paz, el deseo repetitivo que todo el mundo nos escribía, con distintos tipos de letra, en sus postales de Navidad.

¿Cómo explicarle, entonces, que todo aquello no siempre es verdad? ¿Cómo explicarle que alguien puede anteponer sus ideales al ideal más grande entre los hombres que es la Paz? ¿Cómo explicarle la impotencia de los inocentes que sufren su ausencia? ¿Cómo explicarle que es más valiente el que la defiende y lucha por ella, que el que ganó la victoria a costa de ella?

Esa noche, la del 9 de Noviembre de 2009, me embriagué con mis propias lágrimas, con tal que mi llanto fuese un llanto silencioso. Sentía un extraño ridículo por mostrarme desmesuradamente conmovida, pero así era como me sentía. No pude evitar la imperiosa necesidad de ‘explicarme a mi manera’ porque aquella noche, en la mesa, no había sido capaz de hacerlo.

Así que me senté en el sofá que está al lado del televisor e intenté plasmar en un cuento aquella emoción tan inmensa que aún perduraba. Revisé antes lo que decían las enciclopedias y las noticias sobre el tema para sentirme dentro de él aún un poco más. Pero acabó siendo un cuento ‘sin palabras’ porque, por mucho que lo intentaba, no encontraba el modo de expresar algo tan indefinible como aquel ‘vuelo de La Paz’.

Y mientras mi hija soñaba con sus angelitos y sus ponis, yo empecé a recordar las conversaciones de mi abuela sobre sus vivencias durante la guerra y post-guerra, recordé el gozo y alboroto universitario de aquel 89 ante la buena noticia y reviví la extraña sensación que produce la explosión de modernidad que llena el hueco que el muro de Berlín dejó.

Y trazo tras trazo, tal y como la melodía de ‘Mountain’s Waterfall’ de Ray Kelley Band me dictaba, fui dibujando y llorando a la par, tranquila y sosegadamente, a solas. Era la misma Paz que lograba extender sus alas y volar, feliz y risueña, por todo lo que significaba celebrar 20 años de la caída del muro para los hombres de buena voluntad.

Fin

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