Carlota, la paloma que quería ser persona
Carlota, la paloma que quería ser persona. Los mejores cuentos infantiles.
Carlota era una paloma muy marchosa, que pasaba todo el día en la alta farola, desde la cuál animaba a las otras palomas para que todas juntas divisaran comida a la que rápidamente acudían sin medida.
Carlota veía a los humanos cada día para arriba y para abajo, y se preguntaba a dónde irían que tanta prisa tenían. Parecían ir a ninguna parte pero corrían que perdigones parecían. Carlota los veía, y los observaba detenida, algunos cargados iban de bolsas con comida y bebida, otros con objetos que desconocía, papeles y otras cosas. En la lluvia no se les veía pues cubiertos iban de algo que sostenían y miles de colores en el cielo aparecían y los piecesillos a veces asomarían. Los que aquellos objetos no llevaban más corrían, pues el agua parecía no querían, pues huían sin medida ¿aquella agua daño les haría? Tal cosa no parecía, pues beberla les gustaba y en verano en grandes charcos se bañaban ¿por qué corrían entonces? Carlota no lo entendía.
Un día un ruido estruendoso les sobrecogía, muchas personas se amontonaban y otras en fila india se colocaban, aquel ruido parecía proceder de objetos que ellos tocaban con sus largos dedos y con grandes palos, los demás aplaudían. Otros objetos voluminosos en aquel barullo había, seres gigantes que nunca antes habían visto pero peligrosos no serían pues los humanos no corrían y si lo hacían era para verlos más de cerca, por tanto ni Carlota ni sus amigos nada temían, no obstante, en un principio mucho miedo sentían hasta que vieron que peligro no había.
Carlota era feliz hasta que un día y otro se los pasó pensando en los humanos hasta tal punto que de su mente no se los podía quitar, se quedaba mirando en todo lo que hacían y tal fue su fijación que Carlota quería ser persona.
- Basta de tonterías- le decía Filomena, su más fiel amiga- tú eres una paloma, nada tienes que envidiarles. Vuelas, eres libre y la más alegre de todas las palomas, nada de eso hacen ellos, que no pueden volar, siempre andan como locos de un lugar a otro, ¿para qué ser persona?
- Me gustaría saber en qué piensan y por qué hacen tantas cosas que no comprendo ¿a dónde van tan deprisa cada día? ¿huyen de algo? ¿a qué le tienen miedo? Luego almacenan comida un día y otro, son como las hormigas pero ellas solo trabajan para tener provisiones para el invierno, pero los humanos no parecen resguardarse del mal tiempo, todo el día van corriendo y de la lluvia tienen miedo porque no dejan que la frescura de las gotas de agua en su piel sientan, ¡no entiendo nada!
- Yo tampoco Carlota, pero nunca podrás ser persona, por lo que conformarte debes con observarlos cada día, ellos sabrán de sus locuras
Pero Carlota no se conformaba, ella quería ser persona. Así que dejó atrás a sus otras amigas palomas y quiso incorporarse con los humanos. Primero que nada tendría que saber a dónde iban cada día tan deprisa. Así que a la primera persona que pasara seguiría. Era un hombre, con gabardina y sombrero, muy cerca se pondría y a sus pies seguiría, en un edificio muy grande entraría y en la puerta ella permanecería, por la ventana veía que con otro hombre hablaría y algo le daría, unos papelitos de colores con los que el hombre muy contento se ponía. Con aquellos papelitos se marcharía aquella persona que a otro edificio entraría y a cambio de algunos de esos papelitos, patatas y otros alimentos se llevaría, de allí a otro edificio y desde la ventana veía que algunos de aquellos alimentos engullía después de hacerle todo tipo de experimentos con el fuego y otros instrumentos. De allí a otro edificio partiría, donde permanecería toda la tarde. Ya era de noche y Carlota frío y hambre ya tenía, cuando a punto de irse estaba aquel hombre por la puerta asomaba y de vuelta al edificio anterior, nuevamente comía y a dormir se iría.
A aquel hombre varios días le seguiría hasta que el aburrimiento le podía, todos los días lo mismo hacía y la monotonía ya no quería. Así que a otro humano seguiría, esta vez a un niño, parecía más alegre y con más energía, más cosas seguro haría. Pero rápidamente nuevamente se cansaría, todos los días lo mismo hacía, de un lugar en dónde comía y dormía a otro lugar iba con muchos otros niños y con una persona mayor a la que obedecían en toda medida, bueno, cuando no corrían y al mayor enfadarían. De allí de nuevo al lugar dónde comían irían. ¡Vaya lata! Todos los días lo mismo hacían ¿es que los humanos no se aburrían?
Varios días Carlota pasaría siguiendo a diferentes humanos, una mujer con su perro cada día salían y de nuevo a la casa volverían, de allí a otro lugar acudía donde pasaba el resto del día y a solas hablaba con algo que de la mano sostenía y que de vez en cuando un ruido desprendía. Otro día a otro hombre perseguía, todo el día en un vehículo lo veía, de aquí para allá llevando unas botellas gigantes y naranjas ¿qué aquello contendría?, otro llevaba bebida en botellas de vidrio que agua parecía pero miles de colores turbios tenían, otro comida frutas, pescados y hortalizas, de un lado para otro como locos se movían, otros iban cargados de papeles que de puerta en puerta se aproximarían. ¡Qué locura aquella! Pero lo que más sorprendía a Carlota era que para cada persona todos los días los mismos serían ¿por qué corrían?
- ¿Aún sigues queriendo ser persona?- le preguntaba Filomena a su amiga Carlota
- No, ya no quiero ser persona, cada día de su vida se la pasan corriendo, van de prisa pero siempre acuden a los mismos sitios, se pasan la vida de aquí para allá pero no viven la vida, siempre se les ve con ojos cansados, por lo menos, nosotras las palomas vamos a dónde queremos, buscamos nuestra comida y comemos cuando queremos y somos libre, todas juntas somos una piña, ellos están todos juntos pero no parecen quererse mucho, no se saludan ni se hablan en su idioma, cada uno por su lado corriendo de un lado para otro, eso no es vida, yo prefiero ser paloma, libre como el viento.
Y así transcurrió la vida de Carlota, que volvió a ser bien marchosa, y cuando algún niño al parque se acercaba, a sus amigas avisaba pues comida seguro les echaba.
- ¡Pobres humanos!, siempre corriendo pasan su vida, todos juntos pero a la vez tan solos, ojala pudieran ser palomas, con sus alas irían a dónde quisieran y nunca solos se sentirían, no tendrían que acumular tantas cosas y el agua fresca de la lluvia sentirían, todos unidos y todos felices pues la vida como una aventura cada día descubrirían.
Un día llegó un niño con su abuelo al parque y cientos de palomas se les acercaron
- Abuelo ¿son felices las palomas? Todo el día se la pasan igual, volando y comiendo ¿no hacen nada? ¡Qué aburrida me parecen sus días!
- Mi pequeño, cada animalito de este mundo tiene su vida, ellas pensarán de nosotros que estamos locos, todo el día corriendo, ellas viven tranquilas, libres y en armonía con la naturaleza. Tal vez si pudiéramos entendernos cuántos consejos podríamos darnos los unos a los otros, pero las vemos cada día y ni siquiera las miramos, ellas parecieran vernos y con sus ojitos observarnos, ojala fuera paloma para poder entenderlas y tal vez mucho de ellas aprendiera. Humanos y palomas en el mundo estamos. Nosotros a trabajar cada día vamos, y para ellas su trabajo es buscar su comida, nosotros con la familia y amigos pasamos el día, ellas con sus compañeras y amigas. Tan similares y distintas las personas y las palomas en el parque y en las plazas nos encontramos.
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