Crianza con apego en tiempo real

MADRES QUE TRABAJAN

En medio de la vorágine de la ciudad y el stress de los compromisos laborales se manejan las madres del siglo XIX. Un nuevo espacio social que condiciona a las nuevas generaciones, que se disputan entre la educación que tuvieron sus madres hace cincuenta o sesenta años y la forma de crianza actual.

La mujer va ganando terreno en el ámbito laboral y con él un deseo de seguir viviendo nuevas experiencias profesionales y crecer en un mundo del que cada vez más, nos sentimos parte.

Pero este deseo y/o necesidad, muchas veces se antepone con la crianza de los hijos.

El dejarlos en casa al cuidado de una niñera, familiar o amigo para salir o trabajar, el tener que manejarnos en tiempos totalmente ajenos al tiempo de los niños, y a ese compromiso cotidiano agregarle, además, el tiempo que los padres quieren dedicarle o dedican a actividades por fuera del ámbito laboral. Y muchas veces el sentimiento de culpa que sufren los estos por no dedicarle tanto tiempo a los hijos; ese relegar, muchas veces, proyectos o sueños por la crianza en casa y el cien por ciento al lado de ellos.

Es muy difícil transitar la crianza de los hijos cuando el sentimiento de culpa aparece, Cuando cargamos con la mochila de la educación de generaciones anteriores, que hoy en día tienen su “peso” en la sociedad actual y que en algunos (hoy cada vez más) casos no congenian con la forma de vida actual que llevamos. Y es que las actividades y tiempos han cambiado.

Hoy la maternidad aparece considerada, pensada a edades cada vez más adultas. Pero ¿qué pasa cuando la maternidad y los sueños o deseos y responsabilidades no van de la mano? ¿Cuándo no podemos congeniar estas dos experiencias? ¿Cuándo relegamos? Aparece, indudablemente, sentimientos de culpa, enojo, frustración y muchas veces (lamentablemente) esto se transmite a los niños. Aparecen actitudes de enojo que se trasladan a los hijos sin darse cuenta, de una forma inconsciente.

Cuando una madre es feliz, sin duda, es una mejor madre. Los miedos, frustraciones, al igual que, las alegrías y la realización personal se transmiten a los hijos y están latentes en la crianza de los mismos.

Si bien hay modelos sociales que marcan y condicionan formas de vida, hay que entender que no hay una sola forma de crianza. Que no todos los hijos tienen que vivir lo mismo y, que ellos, aunque los padres tengan temores y dudas al respecto, son los que mejor se adaptan a los cambios. Para que un niño sea feliz necesita, básicamente, amor, respeto, contención y momentos (aunque en tiempos de reloj sea poco) de calidad. Cuando el tiempo que se le brinda a un niño está valorado en el aquí y el ahora, ese tiempo, por poco que parezca, es atesorado como el mayor de los regalos.

Un padre que tiene muchas actividades puede buscar la manera de involucrar a su hijo y participarlo. Ir juntos de compras, pedirle que ayude en alguna tarea del hogar, es hacerlos sentir parte de su vida, como ellos lo son de la suya.

Si bien es cierto que hay etapas donde hay que estar más pendientes y donde ellos necesitan más apego, también es cierto que las realidades sociales y particulares son diferentes a los de hace sesenta años atrás y, poder adoptar esta realidad a la crianza con apego es un verdadero desafío que deja, muchas veces, frustraciones, sueños relegados, hijos incomprendidos y momentos que no volverán jamás.

Por esto creo fervientemente que hay que tener una mirada más comprensiva con nosotros mismos, que no tenemos (porque sencillamente no lo somos) que mostrarnos perfectos ante nuestros hijos. Darse el espacio para ser por fuera de ellos sin dejar de ser padres. Porque somos todo: padres, personas, mujeres, hombres, todo en uno. Y todo puede convivir armónicamente sin necesidad de competir un rol con el otro. No porque vayamos al gimnasio, trabajemos muchas horas fuera de casa, queramos estudiar, dejamos de ser buenos padres.

Seguimos siéndolo, y eso es lo que nos hace lo más parecido a la perfección, porque es lo que se amolda mejor a la realidad de cada familia.

Desandar el camino del modelo establecido o la forma en que nos criaron que corresponde a otra realidad y mirar esta nueva época (con lo bueno y lo malo) y acomodarse a ella con la honestidad más pura para poder vivirla. Siendo conscientes y afrontando cada obstáculo con nuestra propia mirada de la vida, confiando en nuestra intuición para la crianza de nuestros hijos (que sin duda será diferente a la que tiene o tuvo otro niño, ni mejor ni peor, solo diferente). Y hacerlos conscientes, también, a ellos de la realidad que les toca vivir, es mirar más allá de la época, de los tiempos de contrariedad, de ese “vuelo más tarde porque tengo que trabajar” y buscar junto a ellos un tiempo de encuentro donde se afiance la certeza que el regazo de los padres es el refugio para siempre de los hijos.

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Por: María Luz Baschong Puericultora
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