Artes y Señas en escena

Artes y señas en escena. Lo nuevo necesita amigos.

Y sí.

Leyendo los diarios me encuentro con una experiencia muy interesante. Una compañía de teatro de actores sordos marplatenses que realizan una obra sin palabras… Puede verse en el Teatro del Pueblo y desde luego, la invitación es más que interesante.

En general, los medios de comunicación difunden desde la perspectiva de la novedad. En este caso, la novedad es que los actores son sordos. Y es verdad que si bien hay algunos en la búsqueda del camino teatral, no es lo más habitual aún. Es una novedad y es muy bienvenida.

La otra perspectiva es la de espectáculos concebidos originalmente como sonoros cuya estética y textos se traducen linealmente a la lengua de señas. Aquí simplemente actúa un fenómeno de asimilación cultural y estética. Una simple trasliteración. Hay un enunciado “nosotros también podemos tener nuestra comedia musical en nuestro idioma de señas” configurado ideológicamente por una primera persona plural, nosotros, que suele ser sostenida por quienes no son ese nosotros: los oyentes líderes de estas propuestas. Más allá de la evidente contradicción habrá quienes deseen asimilarse. Siempre hay.

Alcanza con ver las estadísticas sobre rating y preferencias de consumo….

El gran imperativo categórico en la historia de la sordera ha sido que se note lo menos posible la ausencia de audición, la sordera. Entrenar para la misión fundamental con la que se supone han nacido las personas sordas: hablar oralmente bien y que no se note la discapacidad. Por supuesto las lenguas de señas del mundo han sido negadas y vapuleadas, acusadas -con total ausencia de rigor científico- de códigos mímicos básicos. De esto da cuenta la historia de la educación de chicos sordos en el mundo. Basta hacer un recorrido desde el Congreso de Milán en 1880 hasta fines del siglo XX para corroborar este paradigma que ha empobrecido la vida simbólica y cultural de muchas personas.

En fin, una simple traspolación de un lenguaje rico y con una codificación estética rigurosa como la comedia musical tendrá su versión para sordos donde lo que ocurre es la traducción de un texto en los tiempos exactos en los que habitualmente ese texto es cantado. Cantar en lengua de señas es un invento de oyentes, no de sordos. Se podrá decir que es bailado, no cantado. Y si así fuera, sería una propuesta interesante porque danzar el lenguaje acompañado de música instrumental o canciones puede ser un buen estímulo para la creación. Pero no es lo que ocurre habitualmente. El fenómeno es de asimilación y reposa en una estudiada estrategia de marketing. Esta experiencia es personalmente intransitable así que no invita a ocupar ninguna platea roja.

La posibilidad de intervenir obras en lengua de señas se encuentra en otro escalón ideológico y estético. No es traducir, no es interpretar, no es “poner un elemento invasivo en escena” como dicen sus detractores. Es un camino de creación que alimenta esa misma puesta concebida auditivamente abriendo perspectivas de integración estética y social. Inclusión de sordos al acontecer teatral pero, y sobre todo, inclusión de una nueva mirada sobre el devenir escénico y humano. Un elemento que se integra a la obra original despertando nuevas sonoridades “preceptuales”. Y usó la palabra sonoridad por pura provocación y porque mirar es escuchar también.

Una cuarta propuesta parte de concebir la lengua de señas, creada por sordos en comunidad pero usada por más personas y cada vez en más contextos, como la materia prima de creación de un lenguaje con sus propias reglas. Un lenguaje que partiendo de un conocimiento cotidiano del mismo nos permita arribar por procedimientos teatrales y estéticos a una danza de todo un cuerpo donde el código manual es apenas una parte de la propuesta. Aquí me detengo para recordar que grandes creadores han tenido esta mirada sobre este idioma: Pina Bausch, Bob Wilson, Peter Brook, Eugenio Barba. Me viene especialmente a la memoria Itsi Bitsi, un espectáculo del Odin Teatret donde una de sus actrices emblemáticas, Iben, utiliza la lengua de señas en su danza teatral. Lo recuerdo porque fue la simiente de mi interés artístico por mi lengua materna, provocando un primer distanciamiento de la relación existencial con la sordera. Un primer paso que movilizó una mirada extranjera sobre mi origen de niña oyente entre sordos.

Estas últimas vías son la que movilizan al proyecto de ADAS, LenguaHares, arte & señas en escena. Tomamos la herencia recibida por este grupo cultural y lo convertimos, mediante un espacio experimental de investigación y creación, en material escénico. Nuestra condición individual, ser o no ser sordos, es apenas un elemento de conformación del grupo y no una variable a la hora de crear. La capacidad de creación y puesta en escena de un lenguaje artístico no está regido por la frecuencia sonora de nuestras orejas. En todo caso, habrá pies despiertos y cuerpos danzantes en un lenguaje recreado en su codificación.

Las últimas experiencias mencionadas, la intervención performática de obras en cartel y la creación de un teatro donde la lengua de señas sea el eje central estético de la propuesta, son relativamente nuevas. No tienen casi antecedentes más que fragmentariamente en elencos ocasionales y casi siempre amateurs. Hago aquí un paréntesis para resaltar la actividad que desarrollan grupos de actores sordos de Europa y Estados Unidos sobre todo. Por ejemplo el Tyst Teater de Suecia o el Internacional Visual Théatre de Paris. Estas compañías y algunos pocos actores sordos diseminados en el resto del mundo, inclusive en la gran mitad del mundo oriental, llevan la delantera en la creación a partir de las lenguas de señas.
Como dice el entrañable cascarrabias y crítico gastronómico de la película Ratatouille: Lo nuevo necesita amigos. Y en nuestras tierras del sur, la propuesta de LenguaHares es nueva.

Esperamos encontrarlos en nuestro camino.

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Gabriela Bianco (mayo 2009)

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