La lectura en esa edad difícil

La lectura en esa edad difícil

Leer para púberes o adolescentes puede parecer un terrible castigo. Si estos chicos de hoy no leen nada, viven en Facebook, no les gusta la lectura, no aprecian el libro, no pueden leer de corrido como deberían, no tienen intereses que traten los libros…y otras cosas más se pueden escuchar cuando se habla de la lectura en esas edades que no sabemos cómo hacerlos reaccionar.

Si se ha perdido la etapa inicial donde la mamá y el papá deberían de leerle a los niños pequeñitos, si además y por diversas circunstancias se ha perdido la etapa escolar, qué difícil hacer del joven un lector. Sin embargo no es imposible.

Deberíamos de comenzar por sacar los no.

1. No debes de mirar televisión
2. No debes de chatear con tus amigos
3. No debes jugar en Internet

No, no, no. Porque al comenzar una frase con no, ya agrego al resto una negación implícita. Al joven no le gusta que le quiten todo cuando ya dejó, por fin, de ser un niño. Propongo agregar al no, un sí y además…

1. Después de mirar TV, leemos un rato
2. Cuando chatees con tus amigos déjame un espacio para recomendarles un libro.
3. Cuando juegues en Internet debemos buscar el título del libro que les dije ayer.

Etc. ect. ect.

Que sea complicado no significa imposible: los jóvenes también pueden quedarse escuchando una lectura si ésta les agrada y los convoca desde sus imaginarios y desde sus vivencias.

Acá hay dos temas: si los convocamos desde su imaginario realmente los temas serían solo el amor y el terror. Me lo pregunto. Porque si debo ofrecerle su temática favorita, las de sus fantasías preferidas estamos entre esos dos géneros y nada más. O muy poco más. Bueno, hagamos lo mismo que en el caso anterior: digamos sí para comenzar, porque debo comenzar por algo. Vamos a leer terror y amor hasta el hartazgo y tal vez luego pueda incluir algo más.
Desde las vivencias misma de los jóvenes: inmersos en este mundo para nada sencillo, llenos de información y faltos hasta de un abrazo, deberemos abstenernos de grandes autores e ir a los mismos jóvenes que hoy componen para mostrarles más o menos un camino.

El único camino que conozco es la lectura: leer por placer. Leer un cuento, leer una novela por capítulos pero leerles. Tomar la iniciativa y no abandonarla, veinte minutos semanales, treinta, pero leer semanalmente. El ideal sería diez minutos diarios o un poco más. Pero podemos comenzar por menos.

Luego Uds. verán otras dinamizaciones y fomentos. No existe en realidad ninguno mejor que leerles, narrarles pero mejor que nada aún leerles, mostrando el libro, haciendo realmente un esfuerzo por esos minutos diarios.

Creo que hay mucha literatura para ofrecerles a los jóvenes pero si han perdido gran parte de sus posibilidades en la infancia, comencemos por sus gustos, hagamos a un lado los nuestros, convoquémoslo a diario con un pequeño relato o un trozo de novela, hagamos que rindan. No nos pongamos metas a largo plazo: en realidad si Uds. consiguen que ellos todos los días escuchen, imaginando el contenido de la lectura, están avanzando. En ese avance irán apareciendo otras cosas: más necesidad de lectura, búsqueda del libro, preguntas, en fin, Uds. irán observando con el paso de los días el interés. Seguramente llegará el momento de acercarlos a los libros y dejarlos bucear en ellos, aunque no lean, revuelven, los tocan, los ven, los miran, está bien. Paso a paso, la construcción de lectores jóvenes requiere mucha paciencia y mucha obstinación.

En algún momento quizás se atrevan a convocarlos para un concurso de “carteles para la hora de lectura”, que dejen el ingenio pero también, nos demostraran cuanto aman, o no, ese espacio.

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