La muerte y los recuerdos. La muerte no tiene la última palabra.

Tema de la semana: La muerte y los recuerdos.

La muerte no tiene la última palabra.

¿Qué nos pasa con el recuerdo de las personas amadas que se han ido? ¿Viven aún en nuestros corazones o dejamos que su ausencia no sea sólo física?

 Cierta vez escuché a un sacerdote que dijo: “La muerte no tiene la última palabra”. Esta frase quedó grabada para siempre en mi cabeza y en mi corazón también.
Es difícil, muy difícil, aceptar la muerte de un ser amado. Una mezcla de sentimientos nos invade, dolor, enojo, impotencia, resignación tal vez.
Para los cristianos, la muerte es el paso a una vida nueva, hermosa, brillante. Es realmente un gran consuelo y una alegría saber que quien se ha ido, lo ha hecho a un lugar infinitamente mejor que éste.
Esa persona ya no sufre, no siente dolor, soledad, tampoco indiferencia. Está en las mejores manos, o en los mejores brazos, ya no padece las injusticias de esta tierra, no se enferma, ni se siente solo.
Quien se fue no es el problema. El problema es quien se queda. ¿Por qué? Porque si bien sabemos que quien nos ha dejado no puede estar en mejor lugar, sufrimos su ausencia, no escuchamos su voz, no podemos tomarle la mano, tampoco podemos verlo.

Duele mucho, muchísimo ese vacío infinito que produce la ausencia de ese ser.
Con el correr del tiempo, las cosas se acomodan y lo que parecía insostenible, se puede soportar, comenzamos a convivir con el dolor, con la ausencia y el vacío.
En esta instancia, puede darse, un hecho verdaderamente doloroso.
El ser humano se acostumbra a todo o a casi todo. En muchos casos, se acostumbra tanto a esa ausencia que el recuerdo del ser querido pierde vigencia. A mi entender, ésa es la verdadera muerte, la del silencio y la indiferencia.
La persona que se ha ido no volverá; pero tampoco nos ha dejado del todo. Nos sigue acompañando a cada paso, pero desde otro lugar.
¿No será que, en algunos casos, somos nosotros quienes los abandonamos?
Tener presente a aquellos que se han ido, recordar anécdotas, cosas vividas, palabras escuchadas (aunque ya no recordemos su voz) hace que quienes han sido importantes para nosotros durante nuestra vida, sigan estando aquí también.

Morir para vivir en Dios es nacer a otra vida, pero morir sin que nadie nos recuerde, ésa es la verdadera muerte.
¿Qué pasa con nosotros y el recuerdo de ese ser que antes amamos, que fue fundamental para nuestras vidas, que necesitamos, que en un primer momento extrañamos con desesperación?
Me pregunto por qué algunas personas ni siquiera nombran a las personas queridas que han muerto, cual si nunca hubieran existido, cual si pertenecieran a la clase de temas sobre los que la gente dice “de eso no se habla”.

Seguramente todos tenemos algún recuerdo grato de alguien, una comida por ejemplo, cuyo sabor hemos tratado de imitar infinidad de veces sin éxito porque era único; un modo de decir las cosas; un chiste.
Nadie muere del todo si vive en el corazón y en el recuerdo de quienes los amaron.
El recuerdo no se limita a llevar flores a una tumba en un aniversario, esa tal vez, es la manera más fácil de recordar a nuestros muertos. No se con certeza si está mal o bien, en todo caso considero que no se puede medir con ese parámetro, pero todos sabemos que el alma de esa persona no está allí bajo tierra. Tal vez, ése podría ser una especie de homenaje a un cuerpo que hemos acariciado alguna vez, que hemos tocado, que también hemos amado y sí está allí, sólo eso.

Pero las personas somos mucho más que un cuerpo, vivos o muertos, lo que Dios nos dio para diferenciarnos de las demás criaturas es el alma, y ella trasciende más allá de la muerte.
Por eso, por amor a quienes algo o muchísimo nos han dado, a quienes aún desde otro lugar nos acompañan y ayudan, nos los abandonemos nosotros. Hagamos que perduren en un recuerdo alegre, cariñoso, vívido, que salga de esa foto que pocos miran, que exceda un ramo de flores comprado en una fecha determinada.
Si la muerte no tiene la última palabra, no tengamos nosotros el último silencio.

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